La conversación no fue sobre hummus y un bolso: llegamos a lo principal: fronteras, dinero y acceso a mis cuentas.

"Es...", empezó.

"Es ella", terminé. "Siempre viene cuando siente que su control se ve amenazado".

Igor se levantó, como si estuviera a punto de esconderse en el baño. Lo detuve con una mirada.

"No. Abre tú." Y puedes hablar. Sin mí. Estoy en la habitación. Hazlo tú mismo.

Asintió nervioso y se dirigió a la puerta.

"¿Quién anda ahí?", preguntó.

"¡Soy yo!" La voz de Valentina Semiónovna era alegre y segura. "Abre, Igor. Solo tardo cinco minutos. Seguro que tienes hambre ahí dentro."

Oí a Igor abrir la puerta. Y su voz se volvió un poco más débil, infantil:

"Mamá... ¿por qué has venido?"

"¿Cómo que por qué?" Salió al pasillo, e incluso sus pasos dejaban claro que entraba como si fuera la dueña del lugar. "Siento que hay caos otra vez. Quiero hablar con Olia."

"Mamá", Igor intentó mantener la compostura, "Olia... está ocupada."

"¿Ocupada?", resopló su suegra. ¿Con qué? ¿Con tus bolsos? Igor, no seas ridículo. Llámala.

Salí de la habitación. Con calma. Sin sonreír.

"Valentina Semiónovna", dije con voz serena. "Ya lo hemos hablado todo".

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