PARTE 1
Mi esposo, sin saber que yo ganaba un millón y medio de dólares al año, aventó mi maleta a la banqueta y dijo:
—Ya metí la demanda de divorcio. Aquí ya no vales nada. Mañana te me sales de mi casa.
No discutí. Solo recogí unas cuantas cosas y me fui en silencio. Pero tres días después… me llamó aterrado.
Cuando mi esposo, Rodrigo, lanzó mi maleta afuera de la casa en Querétaro, el golpe resonó como una sentencia final. No dije nada. No le recordé que la “casa” que él decía que era “suya” se pagaba con mi sueldo, ni que la hipoteca salía cada mes de mi cuenta. Solo lo observé mirarme como si fuera una extraña.
—Ya metí la demanda —repitió con desprecio—. Aquí ya no vales nada. Mañana te vas.

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