“La corrió de su propia casa llamándola ‘inútil’… pero tres días después terminó rogándole entre deudas, fraudes y amenazas.”

El silencio después de cerrar la puerta fue más pesado que la maleta.

Me quedé tres días en un hotel en el centro. Arreglé un departamento temporal y hablé con una abogada. Pensé que Rodrigo seguiría con su narrativa de “yo no hice nada malo”.

Pero la tercera noche… llamó.

Su voz temblaba.

Lorena… creo que cometimos un error. ¿Puedes regresar? Necesitamos hablar.

No respondí de inmediato. De fondo escuché gritos, una puerta azotándose, alguien exigiendo dinero. Rodrigo no sonaba como el hombre que me había corrido.

—Por favor —repitió—. Necesito tu ayuda.

El hombre que dijo que yo “no valía nada”… de pronto estaba desesperado.

Y no tenía idea de lo que yo había descubierto en esos tres días.

Regresé a la casa —no porque él lo pidiera, sino porque mi abogada me aconsejó recuperar unos documentos—. Cuando abrí la puerta, Rodrigo ya no tenía aquella mirada arrogante. Tenía los ojos hinchados y revisaba la calle como si lo persiguieran.

—Lorena, perdóname —dijo rápido—. Estaba enojado… estresado. Hay problemas con la empresa.

“Problemas” era quedarse corto.

La sala era un desastre: papeles tirados, sillas volteadas, vidrios rotos. Alguien había estado ahí recientemente. Rodrigo cerró con seguro.

—Los inversionistas están amenazando con demandar —explicó—. Perdimos más dinero del que pensé… y ya se enteraron. Quieren que les pague de inmediato. Les dije que… que tú tenías ahorros.

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