“La corrió de su propia casa llamándola ‘inútil’… pero tres días después terminó rogándole entre deudas, fraudes y amenazas.”

Ah. Ya entendí.

No quería a su esposa de vuelta.

Quería una salvadora financiera.

—¿Cuánto debes? —pregunté.

—Catorce millones —susurró.

Casi solté una risa amarga. No por la cantidad… sino porque pensaba que yo iba a rescatarlo como siempre.

Mientras él caminaba nervioso, yo revisé los documentos en la mesa. Entre ellos estaba justo lo que mi abogada ya había descubierto: Rodrigo intentó transferir activos conjuntos a su nombre, anticipándose al divorcio. Dinero mío. Ahorros míos.

No solo me había corrido.
Quiso dejarme en ceros.

—Si me ayudas —insistió—, puedo negociar con ellos. No quieres que mi negocio se arruine, ¿verdad? Tú todavía me quieres…

Lo miré a los ojos.

—Rodrigo… tú pediste el divorcio. Dijiste que yo no valía nada aquí.

Se puso pálido.

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