Al día siguiente nos reunimos en un despacho en la Ciudad de México. Rodrigo estaba pálido, más delgado.
Su abogado habló:
—Rodrigo asegura que las decisiones financieras fueron tomadas con consentimiento verbal de su esposa. Si la señora Lorena lo niega…
—Lo niego —respondí en cuanto terminó.
María Fernanda colocó una carpeta sobre la mesa.
—Tenemos pruebas de lo contrario.
El silencio fue pesado.
Rodrigo bajó la mirada.
—Nunca quise lastimarte —murmuró—. Tenía miedo. No sabía cómo admitir que estaba fracasando.
—El fracaso no destruyó nuestro matrimonio —respondí—. Lo destruyó cómo decidiste manejarlo.
Dos semanas después regresé por mis últimas cosas, con un oficial presente. La casa estaba silenciosa. Demasiado. Como si los recuerdos hubieran decidido irse antes que yo.
Tomé mis objetos personales mientras los mudanceros empacaban.
Entonces escuché su voz:
—Lorena…
Rodrigo estaba en la puerta, roto, humano, irreconocible.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
