—Solo quería verte una vez más —dijo.
—No hay nada que hablar —respondí.
—Solo quiero pedirte perdón. No por el negocio. Por ti. Por haberte tratado como si no valieras nada cuando tú… eras lo mejor que me había pasado.
No dije nada.
—Sé cuánto ganabas —confesó—. Me lo dijo tu empresa cuando solicitaron referencias para tu ascenso. Yo… no sabía. Me siento un idiota.
—Nunca lo escondí —repetí—. Nunca preguntaste.
Los mudanceros terminaron.
Tomé aire.
Miré por última vez aquella casa.
Y salí.
Tres meses después del divorcio finalizado, tomaba un café frente al río en Monterrey. El sol me daba en los hombros. Mi vida era tranquila, prometedora, mía.
Acepté un puesto como directora en la división estadounidense de la empresa. Sin el peso de un matrimonio tóxico, mi carrera floreció.
Mi abogada sonrió cuando nos vimos:
—Te ves diferente —me dijo—. Más ligera.
—Me siento así.
—El divorcio destruye a muchos —añadió—. Pero a ti te hizo más fuerte.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
