PARTE 2
La semana siguiente avanzó más rápido de lo esperado. Mi abogada, María Fernanda Ruiz, era directa, firme y muy eficiente. Congelamos cuentas, aseguramos bienes, detuvimos la transferencia ilegal. Por fin sentí que estaba construyendo algo para mí.
Rodrigo intentó contactarme todos los días: llamadas, correos, cartas. Nada cambiaba los hechos.
Hasta que un jueves, mi abogada llamó:
—Lorena, los abogados de Rodrigo quieren una reunión urgente. Parece que hay más problemas.
Más.
Perfecto.
Al día siguiente nos reunimos en un despacho en la Ciudad de México. Rodrigo estaba pálido, más delgado.
Su abogado habló:
—Rodrigo asegura que las decisiones financieras fueron tomadas con consentimiento verbal de su esposa. Si la señora Lorena lo niega…
—Lo niego —respondí en cuanto terminó.
María Fernanda colocó una carpeta sobre la mesa.
—Tenemos pruebas de lo contrario.
El silencio fue pesado.
Rodrigo bajó la mirada.
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