La criada prepara la mansión para la boda… Pero la hija del millonario encerró a la novia y le rogó…

Al otro lado, Verónica gritaba promesas de castigo. Henrique, arrodillado, vio a su propia hija encogerse. Y, por primera vez, escuchó sin filtros lo que había estado evitando: «Papá, tienes miedo de estar solo».

El silencio pesaba más que el lujo. Henrique tomó la llave, abrió la puerta y encaró a Verónica como si despertara. Cuando ella exigió despidos y castigos, él respondió con suavidad: «Basta. Elijo a mi hija». La boda se canceló en ese mismo instante, antes de que sonara la marcha nupcial.

Más tarde, cuando los invitados se marcharon y la mansión respiró aliviada, Henrique llamó a Camila a la biblioteca. «Mantuviste unidas nuestras vidas cuando todo se vino abajo. No quiero perderte». Camila no declaró sus sentimientos; solo sonrió, aún temblando, y dijo: «Entonces, reconstruyamos poco a poco». Y Lívia, desde lo alto de la escalera, por fin volvió a sonreír como una niña.

Esa noche, doña Celeste enfrentó a la prensa, diciendo únicamente que un padre había decidido proteger la paz de su hija. En el dormitorio, Lívia le pidió a Camila que le contara una historia, y Henrique escuchó desde la puerta, comprendiendo que su verdadero hogar comenzaba allí para siempre, sin máscaras.

«Si crees que ningún dolor es mayor que la promesa de Dios, comenta: ¡YO CREO! Y también di: ¿desde qué ciudad nos miras?».

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