Nadie supo si murió, si se fue con otra mujer, si huyó de la responsabilidad. solo desapareció y dejó a Victoria Baladés completamente sola, con 10 hijos y sin un solo peso. Victoria era una mujer pequeña, frágil, que medía apenas metro y medio. Trabajaba limpiando casas ajenas desde antes del amanecer hasta después del anochecer. Y aún así no alcanzaba, nunca alcanzaba. Los niños comían tortillas con sal cuando había. A veces ni eso. Dormían tres o cuatro en la misma cama.
porque no había más. Usaban ropa remendada tantas veces que ya no se podía remendar más. Y Alberto, el más pequeño, el bebé de la familia, miraba todo con esos ojos enormes que parecían entender demasiado para un niño tan pequeño. Cuando Alberto tenía apenas 4 años, algo terrible sucedió. Su madre Victoria tuvo lo que en ese entonces llamaban un ataque de nervios. Hoy lo llamaríamos depresión severa o crisis nerviosa, pero en el México rural de 1954 simplemente decían que Victoria se había vuelto loca.
Dejó de poder funcionar. Se quedaba sentada durante horas mirando la pared sin moverse. Lloraba sin razón aparente. Hablaba sola y los vecinos, asustados por su comportamiento errático, llamaron a las autoridades. Victoria fue internada en el hospital psiquiátrico de Mexicali, Baja California, y los 10 niños quedaron huérfanos de madre viva, lo cual, de cierta forma era peor que ser huérfano de madre muerta. Porque tu madre estaba viva en algún lugar, pero no podía cuidarte. No porque no quisiera, sino porque su mente estaba rota.
Y un niño de 4 años no entiende esa diferencia. Solo entiende que mamá se fue, que te dejó, que quizás no te amaba lo suficiente como para quedarse. Los hermanos mayores de Alberto intentaron mantener a la familia junta, pero era imposible. No tenían dinero, no tenían casa propia. La mayoría eran niños ellos mismos. Entonces hicieron lo único que podían, repartir a los hermanos menores entre familiares que tampoco tenían recursos, pero que al menos podían darles un techo.
Alberto, con apenas 5 años recién cumplidos, fue enviado a Ciudad Juárez, Chihuahua, no a una casa familiar, sino a un lugar llamado Escuela Mejía para varones. Oficialmente era una escuela internado para niños de bajos recursos, pero para Alberto era otra cosa, era una prisión, un lugar frío y gris donde lo único que importaba era obedecer. Alberto pasó los siguientes 8 años ahí de los 5 a los 13 años, los años más importantes de cualquier infancia, los años que forman quién eres, los años que determinan si puedes confiar en el mundo o si el mundo es un lugar peligroso donde nadie te protege.
Y para Alberto, el mundo demostró ser exactamente eso, peligroso, solitario, cruel. La escuela Mejía era estricta de una forma que hoy consideraríamos abusiva. Los niños dormían en literas de metal en dormitorios fríos, donde en invierno podías ver tu aliento. Comías lo que te daban sin quejarte o te quedabas con hambre. Si llorabas, te castigaban por débil. Si desobedecías, te golpeaban como lección. Los maestros creían genuinamente que la disciplina física era necesaria para formar hombres. Y los niños más grandes aprovechaban cualquier momento sin supervisión para abusar de los más pequeños.
Y Alberto era diferente de los otros niños, incluso a los 5 años. Era evidente para cualquiera que lo mirara dos veces. No le gustaban los juegos rudos que los otros niños adoraban. No le interesaba pelear. Era sensible de una forma que en ese ambiente era visto como defecto. Lloraba fácil, se asustaba fácil. Y lo peor de todo, en ese ambiente hipermasculino donde todo se medía en términos de quién era más hombre, actuaba de formas que los otros niños consideraban femeninas.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
