La doble y atormentada vida de juan gabriel era mucho más oscura de lo que imaginábamos…

se movía diferente, hablaba diferente, le interesaban cosas diferentes. Los otros niños lo notaron inmediatamente y lo convirtieron en blanco constante. Lo llamaban nombres crueles, lo empujaban en los pasillos, lo golpeaban cuando los maestros no miraban, le robaban su comida, escondían sus cosas y lo peor era que no tenía nadie que lo defendiera. Estaba completamente solo en ese lugar. sin familia, sin amigos, sin nadie. Y los maestros, cuando se daban cuenta de las burlas y los golpes, no lo protegían.

Al contrario, muchos creían que Alberto necesitaba ser corregido, que había que hacerlo hombre a la fuerza. Entonces lo castigaban también por llorar, por no defenderse, por ser quien era. Lo encerraban en cuartos oscuros durante horas. Lo obligaban a hacer ejercicio físico hasta el agotamiento. Lo humillaban frente a los otros niños como ejemplo de lo que no debía ser un hombre. Alberto aprendió rápidamente la lección más importante y más destructiva de su vida, una lección que lo marcaría para siempre y que determinaría cada decisión que tomaría durante los siguientes 60 años.

Aprendió que su verdadera naturaleza era inaceptable, que para sobrevivir necesitaba esconderse, fingir, construir una fachada, mostrar al mundo una versión de sí mismo que fuera aceptable mientras guardaba su verdadero yo en un lugar tan profundo que nadie pudiera encontrarlo, ni siquiera él mismo. Pero había dos cosas que salvaban a Alberto de la desesperación total. dos cosas que le daban razón para seguir viviendo. La primera era que podía cantar. Tenía una voz extraordinaria, incluso de niño, no solo afinada, sino especial, con un timbre único, con una capacidad de transmitir emoción que iba mucho más allá de su edad.

Y cuando cantaba en la capilla de la escuela durante las misas dominicales, algo mágico pasaba. La gente dejaba de hacer lo que estaba haciendo. Los maestros dejaban de ser crueles por un momento. Los otros niños dejaban de molestarlo temporalmente porque incluso ellos, con toda su crueldad reconocían que había algo especial en esa voz, algo que no podían tocar, algo sagrado, algo que era solo de Alberto y que nadie podía quitarle. Y la segunda cosa que lo salvaba era escribir.

Alberto escribía todo el tiempo en cuadernos baratos cuando podía conseguirlos, en pedazos de papel cuando no. Escribía sobre su madre. Se preguntaba constantemente dónde estaba, si pensaba en él alguna vez, si sabía que él la extrañaba todos los días, si algún día volvería por él. Escribía sobre sus hermanos que había perdido y que no sabía si volvería a ver. escribía sobre la soledad que sentía, incluso rodeado de cientos de niños. escribía sobre sentimientos que no tenía palabras para explicar adecuadamente, y esos escritos, esos pedazos de su alma garabateados en papel y escondidos debajo de su

colchón, eventualmente se convertirían en canciones, en las canciones que harían llorar a millones de personas que sentirían que Alberto estaba cantando exactamente lo que ellos sentían. En 1963, cuando Alberto tenía 13 años, algo en él se rompió. O quizás algo en él finalmente despertó y se negó a seguir dormido. Decidió que no podía pasar ni un día más en ese lugar, que si se quedaba algo fundamental dentro de él moriría, no físicamente. Pero esa chispa que lo hacía Alberto, esa parte que todavía creía que la vida podía ser diferente, se apagaría para siempre y prefería arriesgarse a morir en las calles que seguir muriendo lentamente ahí dentro.

Entonces escapó. Una noche de verano, cuando todos dormían, simplemente se fue, caminó hasta la puerta principal y salió con la ropa que traía puesta, sin dinero en los bolsillos, sin plan, sin saber a dónde ir o qué hacer. Solo sabía que tenía que salir de ese lugar y que nunca jamás volvería. Vivió en las calles de Ciudad Juárez durante meses que se sintieron como años. Dormía donde podía encontrar un lugar seguro, en parques cuando hacía calor y la policía no te corría.

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