La doble y atormentada vida de juan gabriel era mucho más oscura de lo que imaginábamos…

Los años entre 1965 y 1971 fueron de supervivencia pura mezclada con obsesión creativa. Juan Gabriel cantaba todas las noches en el Noa Noa, 7 días a la semana, sin descanso, sin vacaciones, sin días libres. Y durante el día, cuando no estaba durmiendo, las pocas horas que dormía, escribía canciones compulsivamente, cientos de canciones, en servilletas de papel del bar, en pedazos de cartón que encontraba, en cualquier superficie donde pudiera escribir palabras y notas musicales. No eran canciones alegres sobre amor feliz, eran canciones sobre abandono, sobre madres que se van y no vuelven, sobre amor que duele

más de lo que alegra, sobre soledad tan profunda que te ahoga, sobre sentirse diferente en un mundo que castiga la diferencia, sobre fingir ser quien no eres para sobrevivir. Todo lo que llevaba dentro y no podía decir con palabras normales sin romperse, lo convertía en versos, en melodías que salían de un lugar tan profundo dentro de él que ni él mismo sabía que existía. Y Juan Contreras veía esto. Veía que Juan Gabriel no era simplemente otro cantante de bar tratando de ganarse la vida.

era algo mucho más grande, un talento genuino mezclado con dolor auténtico y esa combinación cuando se junta en la persona correcta crea arte que trasciende. Entonces empezó a conectarlo con gente de la industria musical, con productores que pasaban por Juárez, con representantes de disqueras que buscaban talento nuevo, con cualquiera que pudiera darle a Juan Gabriel una oportunidad más grande. Y eventualmente, en 1970 alguien importante escuchó. Andrés Puentes Vargas, conocido en la industria como El Divo, era productor de RCA Víctor México.

Escuchó una grabación informal de Juan Gabriel cantando en el Noa noa y reconoció inmediatamente algo especial, no solo en la voz que era técnicamente impresionante, sino en las canciones. Había una autenticidad brutal que no se podía fabricar ni fingir. un dolor real que se sentía en cada nota, en cada palabra, en cada silencio entre las palabras. Y eso en el mundo de la música comercial llena de canciones prefabricadas era oro puro. En 1971, Juan Gabriel grabó su primer álbum profesional.

Se llamó El alma joven y lo produjo el divo para Ra Víctor. Nadie en la disquera esperaba gran cosa, honestamente. Era simplemente otro cantante nuevo entre los cientos que intentaban triunfar cada año. Le dieron un presupuesto mínimo, músicos de estudio baratos, arreglos sencillos y lo lanzaron sin mucha promoción ni expectativas. Pero cuando no tengo dinero, empezó a sonar en algunas radios. Algo inesperado empezó a suceder. La gente se conectó no de forma masiva e inmediata como un hit instantáneo, sino lentamente, orgánicamente, como un incendio que empieza pequeño, pero que se extiende.

La canción hablaba de un hombre pobre que amaba a una mujer, pero no tenía dinero para darle nada material. Era simple, directa y sonaba completamente verdadera porque era verdadera. Era la historia de Alberto, del niño pobre que nunca tuvo nada, del hombre que sabía exactamente lo que era no ser suficiente, no tener suficiente, no ser digno de amor por tu condición económica. La canción llegó al top 10 en México, no al número uno. Pero fue suficiente, suficiente para que RCA Víctor le diera un segundo disco y luego un tercero.

Y con cada disco, Juan Gabriel revelaba más de sí mismo, o más precisamente revelaba más de Alberto. Porque las canciones eran confesiones disfrazadas de entretenimiento. eran todo lo que no podía decir en voz alta sin romperse completamente, dicho en forma de música que millones podían cantar sin saber que estaban cantando el dolor más íntimo de un niño abandonado. Se me olvidó otra vez en 1975 una canción devastadora sobre olvidar el dolor que alguien te causó y estúpidamente volver a creer en esa persona hasta que te conocí años después.

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