La doble y atormentada vida de juan gabriel era mucho más oscura de lo que imaginábamos…

Porque Juan Gabriel nunca tuvo un padre que le enseñara cómo se hace. Nunca vio un modelo de paternidad funcional. Nunca aprendió cómo se es papá más allá de proveer materialmente. Solo sabía ser Juan Gabriel el artista. No sabía ser Alberto el papá. Y quizás nunca pudo aprenderlo porque Alberto estaba enterrado tan profundamente que ya no sabía cómo salir a la superficie. Los años 80 fueron cuando Juan Gabriel dejó de ser simplemente un cantante exitoso y se convirtió en un fenómeno cultural que trascendió completamente la música.

Ya no era solo entretenimiento que consumías, era parte de la identidad mexicana misma, como el tequila, como el mariachi, como las pirámides, como el día de muertos. Juan Gabriel era México de una forma que muy pocos artistas logran ser. Álbum tras álbum, rompiendo absolutamente todos los récords imaginables. Recuerdos en 1980. Vendió millones de copias en una época donde vender un millón ya era considerado extraordinario. Cosas de enamorados en 1982. Todo en 1983. Recuerdo segundo, en 1984, donde incluyó Amor eterno, la canción que se convertiría en el himno oficial no escrito del duelo mexicano.

La canción que se canta en cada funeral, en cada aniversario luctuoso, en cada día de muertos. La canción que puso palabras y melodía al dolor de perder a alguien amado. Cada disco iba directo e inevitablemente al número uno. Cada canción que lanzaba se convertía en parte del canon cultural mexicano en semanas. Pero no era solo la música lo que lo hacía tan importante. Era lo que Juan Gabriel representaba para diferentes grupos y comunidades. Para los pobres, para la gente que luchaba por sobrevivir.

Era uno de ellos que había triunfado contra todas las probabilidades. El niño del internado que ahora llenaba los estadios más grandes, la prueba viviente de que podía salir de la pobreza. Para las mujeres de todas las edades, era el hombre que entendía su dolor de una forma que ningún otro compositor masculino parecía entender, que escribía sobre amores imposibles y corazones rotos con una sensibilidad y empatía que sentían femenina. Para la comunidad LGBT, aunque él nunca lo confirmara abiertamente ni lo negara directamente, era un símbolo codificado, alguien que no negaba quién era, pero que tampoco lo gritaba.

que existía en ese espacio ambiguo donde podías proyectar lo que necesitaras ver y encontrar representación. Y Juan Gabriel manejaba esa ambigüedad con una maestría casi sobrenatural. Cuando los periodistas le preguntaban directamente sobre su orientación sexual en entrevistas, nunca negaba los rumores como otros artistas harían, pero tampoco los confirmaba. respondía con frases que se hicieron legendarias y que se citarían durante décadas. Lo que yo sea en mi vida privada es mi asunto. Yo solo le debo cuentas a Dios y a mi madre o su favorita, dicha siempre con esa sonrisa misteriosa que no revelaba nada.

Lo que se ve, no se pregunta, era el equilibrio perfecto para sobrevivir en una industria y una sociedad que no estaba lista para aceptar la verdad. La comunidad LGBT lo adoptó completamente como icono porque entendían perfectamente el mensaje codificado, sabían leer entre líneas y el público general tradicional mexicano podía seguir negando cómodamente lo evidente, porque Juan Gabriel técnicamente nunca lo había dicho con todas las letras, todos ganaban algo. El público gay tenía su icono representativo. público tradicional conservaba su ilusión confortable y Juan Gabriel podía seguir trabajando y triunfando sin que lo cancelaran.

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