Y con ese trabajo incesante venía dinero, cantidades obscenas de dinero. Juan Gabriel se convirtió en uno de los artistas más ricos de toda América Latina. Tenía propiedades millonarias en México y Estados Unidos. Autos de lujo que apenas conducía porque siempre estaba viajando, joyas carísimas, ropa de diseñador hecha a la medida, arte valioso, todo lo que el dinero podía comprar, pero nada de eso llenaba el vacío existencial. Nada hacía que se sintiera menos solo fundamentalmente, porque puedes tener todo el dinero del mundo, todas las propiedades, todos los autos, y aún así estar completamente vacío por dentro.
Puedes llenar estadios de 50,000 personas gritando tu nombre y aún así sentirte invisible y solo. En mayo de 2000, Victoria Baladez murió. La madre de Juan Gabriel, la madre que lo había parido y luego desaparecido de su vida cuando él tenía 5 años. No por crueldad ni por elección egoísta, sino porque su mente se rompió bajo el peso insoportable de la pobreza extrema y la desesperación. La madre que pasó años internada en un hospital psiquiátrico mientras su hijo menor la extrañaba todos los días.
La madre que eventualmente salió del hospital y a quien Juan Gabriel le compró una casa hermosa y le dio absolutamente todo lo material, pero que nunca pudo ser realmente madre de la forma que un niño de 5 años necesita desesperadamente. Juan Gabriel quedó absolutamente destrozado de una forma que sorprendió incluso a quienes lo conocían bien. El funeral fue público y masivo. México entero vio a Juan Gabriel llorar en la televisión, llorar con un dolor tan visceral y tan crudo que era genuinamente incómodo de presenciar con ese dolor específico de alguien que pierde algo que nunca tuvo completamente, porque Juan Gabriel nunca tuvo el amor de madre constante que necesitaba de niño en los años formativos.
Pasó toda su vida adulta esperando que algún día Victoria pudiera darle eso retroactivamente, que pudiera llenar ese vacío del niño abandonado, que pudiera explicarle por qué se fue, que pudiera decirle que no fue su culpa, pero nunca pasó esa conversación, nunca se dio y ahora nunca se daría. Esa puerta se había cerrado definitivamente para siempre. Después de la muerte de su madre, algo fundamental cambió en Juan Gabriel. Se volvió más impredecible en su comportamiento, más errático en sus decisiones.
Sus conciertos a veces duraban cuatro o 5 horas sin intermedio porque no quería dejar el escenario. Otras veces cancelaba shows importantes minutos antes de empezar, sin explicación aparente que dejaba a miles de fans frustrados. Su peso fluctuaba dramáticamente de un año a otro. Su apariencia cambiaba constantemente de forma radical. Y aunque nunca lo admitió públicamente ni habló de ello en entrevistas, quienes estaban en su círculo íntimo sabían que estaba luchando seriamente con su salud física y emocional.
Pero Juan Gabriel seguía trabajando sin parar porque era lo único que sabía hacer, lo único que le daba propósito y sentido a su existencia. En 2009 llenó el Zócalo de la Ciudad de México con un concierto gratuito masivo, más de 200,000 personas. Una multitud tan inmensa que se veía desde aviones. En 2013 llenó el Palacio de bellas Artes seis veces consecutivas en presentaciones agotadas. Algo que ningún artista popular había logrado hacer antes en la historia de ese recinto.
En 2015, a los 65 años de edad, seguía de gira internacional intensiva, todavía llenando estadios en múltiples países, todavía siendo el divo adorado que México necesitaba que fuera. Pero quienes trabajaban directamente con él, quienes lo veían detrás del escenario cuando las cámaras se apagaban, sabían cosas que el público adorador no sabía, que Juan Gabriel ya no era el mismo hombre físicamente, que su salud estaba deteriorándose progresivamente, que había días donde apenas podía levantarse de la cama por el dolor, que tomaba múltiples medicamentos para condiciones que nunca especificaba, que los médicos le habían han advertido repetidamente que su cuerpo no aguantaría mucho más el ritmo brutal que mantenía.
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