Elena se negó a creer en supersticiones.
Pidió instalar cámaras ocultas, que solo ella y el alcaide conocerían.
Las colocó en la enfermería, la lavandería y el ala de almacenamiento —los pocos lugares donde las cámaras de seguridad no tenían ángulos claros.
Lo que descubrió semanas después cambiaría todo.
A las 2:13 de la madrugada de un martes, una de las microcámaras captó movimiento.
Una sombra salió por la rejilla de ventilación.
Luego, una persona cubierta con un traje de sanidad completo y máscara se deslizó con precisión —como alguien que sabía exactamente dónde las cámaras no podían verlo.
Llevaba una jeringa en la mano.
El video lo mostraba acercándose a la celda de la interna #317.
Un destello metálico, un movimiento rápido, una pequeña punción en el cuello de la reclusa…
y luego desapareció por el mismo conducto.
Elena vio la grabación cinco veces antes de susurrar:
—Los están drogando. Esto no es un accidente. Es un experimento.
Cuando le mostró el video al alcaide, su rostro se endureció.
—Apaga eso —ordenó—. Y no se lo muestres a nadie más.
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