Pero ya era demasiado tarde.
A la mañana siguiente, la oficina de Elena fue allanada.
Su computadora confiscada.
El video, borrado del sistema.
Tres días después, la doctora Elena Briceño desapareció.
El comunicado oficial decía que había sido “trasladada por razones de seguridad”.
Nadie supo a dónde.
Una semana más tarde, un paquete anónimo llegó a la redacción de El Heraldo Nacional.
Dentro había una memoria USB con el video… y las notas personales de Elena.
En su diario, escribió:
“No son los guardias. No son las internas.
Es el programa.
Alguien dentro de una organización de investigación está probando un suero reproductivo —uno que permite la concepción sin contacto físico.
Eligieron a las reclusas porque nadie les creería jamás.”
“Las inyecciones se aplican entre las 2 y las 4 a.m.
El personal nocturno son contratistas.
Sus números de identificación no existen en la base de datos del penal.”
Su última anotación decía:
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