Lo que Claudia no había contado era que su madre venía enfrentando una depresión severa desde que su esposo, el padre de Claudia, había partido dos años antes en un accidente laboral. La verdad era más compleja y dolorosa. La madre de Claudia estaba en una espiral descendente, alternando entre periodos de aparente normalidad y episodios de completo desánimo.
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En los últimos meses se había vuelto cada vez más irresponsable en el cuidado de Lucía, al punto de olvidar darle el biberón a la bebé por horas seguidas. La noche anterior, Claudia había llegado a casa después del trabajo y encontró a su madre en el sofá mirando a la nada. mientras Lucía lloraba en la cuna con el pañal sucio desde hacía horas.
Fue en ese momento que se dio cuenta de que ya no podía dejar a su hija al cuidado de la abuela. El empleo en la casa de Fernando Delgado era la única fuente de ingresos estable que tenía. Después del divorcio complicado con su exmarido, quien había desaparecido sin dejar rastro cuando supo del embarazo, Claudia luchaba por mantenerse a flote económicamente. El salario que recibía apenas cubría los gastos básicos, pero era mejor que cualquier otra alternativa disponible.
Mientras Lucía terminaba de comer, Claudia escuchó pasos acercándose a la cocina. Fernando apareció en la puerta vistiendo su impecable camisa blanca de vestir y una corbata azul oscuro. Sus ojos se encontraron con los de ella por un breve momento antes de desviarse hacia la bebé.
“Está bien”, preguntó con una voz más suave de lo habitual. “Sí, señor. Disculpe el ruido de antes.” “Tenía hambre y me tardé en darme cuenta”, explicó Claudia limpiando delicadamente la boca de Lucía. Con un pañal de tela. Fernando permaneció en la entrada de la cocina observando la interacción entre madre e hija.
Había algo hipnótico en la forma en que Claudia cuidaba a Lucía, cada movimiento lleno de cariño y paciencia. La bebé, por su parte, miraba a su madre con absoluta adoración, sus pequeñas manos intentando alcanzar el rostro de Claudia. “¿Cuántos meses tiene?”, se oyó preguntar Fernando, sorprendido por su propio interés. “Seis meses la semana pasada”, respondió Claudia, sonriendo al ver a Lucía intentar agarrar una cuchara colorida. “Está empezando a comer papillas. Antes solo tomaba pecho.
La mención a lactancia hizo que Fernando se sintiera incómodo. No estaba acostumbrado a conversaciones sobre cuidados infantiles y el tema despertaba sentimientos que prefería no explorar. “Entiendo”, murmuró. “Estaré en la oficina. Necesito hacer algunas llamadas importantes.” “Claro, señor.
Terminaré de limpiar la sala en cuanto ella se duerma.” Fernando asintió y se alejó, pero no sin antes lanzar una última mirada a Lucía. La bebé había elegido exactamente ese momento para mirar en su dirección, sus grandes ojos azules y expresivos fijos en el rostro del hombre. Por un segundo que pareció una eternidad, los dos se miraron. Fue Lucía quien rompió el contacto visual, volviendo su atención al biberón que Claudia había preparado.
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