Ricardo puso cara de niño caprichoso, pero accedió. Mientras ella se bañaba, él puso música suave y le preparó un jugo de naranja, que dejó sobre la mesa. Detalles simples, pero que para Mariana significaban todo.
Esa noche, se abrazaron como si nunca se hubieran separado. Ricardo le susurraba palabras dulces, y Mariana se sentía afortunada. Sabía que muchas mujeres allá afuera cargaban solas con el peso del mundo, pero ella tenía a un hombre que la cuidaba y la hacía sentir amada.
A la mañana siguiente, Ricardo se levantó temprano para preparar el desayuno: huevos, pan y un café con leche fría, justo como a ella le gustaba. Él dijo:
—“Recupérate, amor.”
Mariana sonrió feliz. Quizá decían que los hombres mexicanos no eran muy románticos, pero su esposo era una excepción.
Pero la felicidad, a veces, es como un vidrio: transparente, hermoso… y frágil.
Tres días después, Mariana encontró una liga para el cabello de color rojo debajo de la almohada en la recámara. No era suya. Ella nunca usaba ese tipo, ni mucho menos ese color.
La sostuvo entre sus dedos un buen rato. No sintió celos desbordados ni furia, solo una tristeza profunda, como una melodía que se apaga lentamente. Porque las mujeres tienen un sexto sentido. No dijo nada.
Esa noche, mientras descansaba con la cabeza sobre el brazo de Ricardo, preguntó suavemente:
—“Durante el tiempo que estuve fuera… ¿alguien vino a nuestra casa?”
Ricardo respondió sin dudar:
—“Solo vino Hugo a pedirme prestado el taladro, nadie más.”
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