Había escuchado un detalle importante en la conversación de dos asistentes. El apellido Moretti abrió su libreta y comenzó a escribir con rapidez. Elena percibió ese movimiento. No estaba segura de qué significaba, pero sabía que ese hombre había conectado piezas que los demás aún no entendían. Tomás, mientras tanto, enfocó de nuevo a su madre.
“Miren la paciencia de Beatriz”, comentó a sus seguidores. “Cualquiera en su lugar ya habría mandado a sacar a esta mujer.” Elena sintió otra vibración en su clutch. Esta vez lo sacó con calma y miró la pantalla. Un mensaje de Adrián. “Estoy llegando. No te muevas.” Una leve sonrisa se dibujó en sus labios. guardó el teléfono y levantó la vista con renovada serenidad. Beatriz notó el gesto y arqueó una ceja.
Algo gracioso, querida. No, respondió Elena con la voz tranquila pero cargada de seguridad. Solo espero a alguien. El comentario despertó murmullos. Valeria rodó los ojos, segura de que se trataba de una excusa. Rafael frunció el ceño molesto por la insolencia y Tomás, curioso, aumentó el volumen de su transmisión. El salón entero parecía contener la respiración.
Nadie sabía que estaba a punto de pasar, pero todos sentían que la tensión estaba a punto de romperse. Uno de los empleados, un joven con chaqueta de servicio, caminaba rápido hacia el vestíbulo cuando se topó de frente con Adrián Moretti.
El magnate acababa de llegar, impecable con su traje oscuro a la medida, la camisa blanca reluciente y una corbata azul que resaltaba su porte imponente. Su reloj suizo brillaba bajo la luz tenue del pasillo. “Señor Moretti”, dijo el empleado casi sin aliento. “Disculpe, pero necesito informarle algo.” Adrián se detuvo en seco, notando la urgencia en su voz. ¿Qué sucede? El empleado dudó un segundo antes de hablar.
Su esposa, la señora Moretti, está en el salón. Ha habido un problema. Los ojos grises de Adrián se entrecerraron. Explíquese. Algunos invitados la han cuestionado. Dicen que no pertenece al evento y alguien provocó que un camarero derramara vino sobre su vestido. Desde entonces la han estado humillando.
Un silencio denso siguió a esas palabras. Adrián apretó la mandíbula. Por un momento, sus pasos parecieron detenerse como si necesitara controlar la rabia que le hervía por dentro. Luego asintió con firmeza. Gracias por avisarme. El empleado se apartó nervioso mientras Adrián retomaba el paso con decisión. Dentro del salón, las risas seguían flotando en el aire.
Elena permanecía en el mismo lugar, firme, observada como si fuera un espectáculo. Los queer, satisfechos con lo que consideraban una victoria, continuaban con su papel de jueces implacables. De pronto, las puertas del salón se abrieron con un golpe seco. El sonido de los tacones sobre el mármol se mezcló con el eco de los pasos de un hombre.
Todas las cabezas se giraron hacia la entrada. Adrián Moretti apareció en el marco de las puertas con la postura erguida y la mirada fija. Su sola presencia cambió la atmósfera. El murmullo se apagó poco a poco hasta convertirse en un silencio expectante. Elena levantó la vista y lo vio. Una oleada de alivio recorrió su cuerpo.
Había aguantado sola hasta ese momento, pero la llegada de Adrián era el punto de inflexión que había esperado. Adrián avanzó entre las mesas con paso seguro. Su mirada se posó primero en Elena, luego en la mancha de vino. su vestido. La rodeó con el brazo y la acercó a su lado, como si quisiera protegerla de todas las miradas que la habían juzgado.
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