¿Qué pasó aquí?, preguntó con voz grave, proyectada para que todos escucharan. Nadie respondió de inmediato. Beatriz intentó mantener la compostura. Adrián, qué sorpresa. Tu esposa parece haber tenido un malentendido con la seguridad. Un malentendido”, repitió él frunciendo el ceño. Valeria intervino rápidamente. Ella llegó sola y no nos parecía que perteneciera a la lista de invitados.
Solo quisimos asegurarnos. Adrián apretó los labios conteniendo la ira y por eso derramaron vino sobre ella, por eso la insultaron frente a todos. El murmullo volvió a crecer. Nadie se atrevía a responder. Rafael dio un paso al frente con la voz grave que solía usar en las juntas de negocios. No exagere, Moretti. Fue un incidente desafortunado, pero nada más.
Adrián lo miró directamente. No me hable de incidentes. Mi esposa fue humillada en público y ustedes lo alentaron. Tomás, todavía con el teléfono en la mano, enfocaba todo con nerviosismo. La transmisión ya estaba desbordada. Superaba los 80,000 espectadores y los comentarios se multiplicaban sin parar. Su sonrisa burlona había desaparecido.
Elena, con la frente en alto, se mantuvo en silencio. No necesitaba decir nada. Adrián había llegado y su sola voz bastaba para devolverle la dignidad que habían intentado arrebatarle. Un invitado susurró, “Esto se salió de control.” Otro respondió en voz baja. Ahora sí se metieron con la persona equivocada.
Adrián giró la cabeza hacia el guardia de seguridad que había intentado sacar a Elena. “¿Tú también participaste en esto?” El hombre tragó saliva y bajó la mirada. Señor, solo seguía órdenes. Órdenes equivocadas, sentenció Adrián. Beatriz intentó recuperar el control. Adrián, no dramatices. Fue solo un malentendido.
Estoy segura de que podemos aclararlo en privado. No, interrumpió Adrián alzando la voz. Esto no se va a aclarar en privado. Aquí mismo se burlaron de mi esposa. Aquí mismo se sabrá la verdad. El silencio volvió a apoderarse del salón. Las copas en las mesas permanecían intactas. Nadie se atrevía a moverse.
Elena respiró con calma, aferrándose al brazo de Adrián. El salón entero contenía el aliento. La presencia de Adrián había convertido lo que parecía una humillación segura en un juicio silencioso contra la familia Keyer. Nadie se atrevía a hablar. Solo el murmullo lejano de la transmisión en el teléfono de Tomás recordaba que todo aquello estaba siendo observado por miles de personas fuera de esas paredes.
Adrián sostuvo a Elena por los hombros y alzó la voz. Para que no haya dudas, esta mujer es mi esposa, Elena Moretti. Un murmullo recorrió la sala como un relámpago. Varias copas temblaron en manos nerviosas. Algunos invitados abrieron la boca en sorpresa, otros bajaron la mirada, avergonzados por haber sido testigos de la burla. Valeria, con el rostro desencajado, intentó reaccionar.
Tú, esposa eso no puede ser. ¿Cómo es posible que alguien como ella, “¡Cállate, Valeria!”, interrumpió Adrián con un tono seco que resonó hasta el último rincón. El silencio se hizo aún más denso. Elena se mantenía erguida, pero sentía el pulso acelerado.
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