La guerra llega al pueblo no sólo con ruido...

Arina yacía exhausta, pero no dormía. Podía oír a la niña roncar a su lado. El sonido la mantenía al borde de la inconsciencia, impidiéndole caer en la oscuridad.

Al amanecer, su abuela la despertó.

Caminaron hacia el río sobre la corteza que crujía bajo sus pies. El viento les azotaba la cara y las lágrimas se les congelaban en las mejillas.

En el agujero en el hielo, Praskovya extendió las manos:

"Vamos".

Arina miró el agua negra. Luego, el rostro diminuto y arrugado de su hija. Estaba dormida.

Y de repente, dentro, donde había habido un vacío durante tanto tiempo, algo caliente y furioso estalló. "No", dijo Arina con voz ronca.

“¡¿En qué piensas?!”, siseó la anciana. “¡La gente se enterará!”.

“Que se enteren.”

Praskovya intentó arrebatarle la niña, pero Arina la apartó con tanta fuerza que la anciana cayó de rodillas.

Ese día, por primera vez en su vida, Arina se eligió a sí misma. Y a su hija.

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