La guerra llega al pueblo no sólo con ruido...

No hubo boda. Simplemente empezaron a vivir juntos.

El pueblo estaba inundado de veneno.

"¿Quién la necesita sino un tonto..."

"Tuvo sexo con los alemanes, y ahora ha sentado cabeza..."

Fiodor lo oía todo. Pero nunca le reprochaba nada. Trabajaba, acarreaba agua, reparaba el tejado. Se levantaba por la noche para atender a la niña cuando lloraba.

Y por primera vez, Arina comprendió lo que era la bondad silenciosa y obstinada.

Los alemanes se retiraron un año después. Llegó su propia gente. Comenzaron las inspecciones, los interrogatorios y las listas de "colaboradores". Arina fue ella misma a la comandancia.

"Escribe", dijo. "Me llevaron a la fuerza. Tengo un hijo de eso".

Hablaba con calma, sin lágrimas. Y la creyeron. Porque había una frialdad tan mortal en su mirada que era imposible fingir.

Y entonces comenzó su venganza.

Sin gritos, sin escándalos. Más silenciosa.

Se convirtió en la presidenta del consejo de mujeres. Luego, en la encargada del almacén. Sabía contar, escribir y era ingeniosa. Donde otras flaqueaban, ella seguía adelante.

Y ni una sola chismosa recibió un saco de harina extra. Ni una sola de las que murmuraban a sus espaldas se coló en la fila. Todo según las reglas. Secamente, con precisión, sin piedad.

"Es malvada", decían en el pueblo.

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