LA HIJA DEL MILLONARIO ERA MUDA… HASTA QUE UNA NIÑA LE DIO AGUA Y OCURRIÓ LO IMPOSIBLE: El oscuro secreto detrás del silencio de Isabela y cómo un encuentro fortuito en un semáforo de la Ciudad de México desenterró una verdad que pondrá tu mundo de cabeza. ¡Una historia de traición, milagros y justicia!
Diego, por instinto, iba a subir el vidrio. En el mundo de los Mendoza, la pobreza era algo que se veía de lejos, algo que se solucionaba con donaciones anuales deducibles de impuestos, no algo que tocaba a tu ventana. Pero algo en la mirada de esa niña lo detuvo. Tenía unos ojos grandes, brillantes, llenos de una alegría que parecía ilegal dadas sus circunstancias.
—Dos bolsas —dijo Diego, bajando la ventanilla. El aire caliente de la calle inundó el interior climatizado del auto.
La niña se acercó, sonriendo de oreja a oreja. —¡Aquí tiene, jefe! Bien fría, como debe de ser. Mi abuelita dice que el agua de esta hielera está bendecida porque la preparamos con mucho amor.
Diego sacó un billete de quinientos pesos. —Quédate con el cambio. ¿Cómo te llamas? —Me llamo Esperanza, señor. Esperanza Morales, para servirle a usted y a la princesita —dijo la niña, asomándose para mirar a Isabela.
En ese momento, ocurrió algo que Diego jamás olvidará. Isabela, que no solía mirar a nadie a los ojos, giró la cabeza. Por primera vez en meses, sus pupilas se enfocaron. Esperanza no se amilanó ante el lujo; al contrario, le extendió una bolsa de agua a Isabela como si le estuviera ofreciendo un cetro real.
—Ten, bonita. Bébela despacio. Mi abuela dice que cuando el corazón está apretado, un trago de agua dado con cariño lo afloja todo.
Isabela tomó la bolsa. Sus dedos pequeños rozaron la piel callosa de Esperanza. Diego contuvo el aliento. Vio cómo su hija succionaba el popote con una avidez inusual. Y entonces, el milagro: los labios de Isabela se movieron. No fue un grito, no fue un llanto. Fue un susurro que apenas compitió con el motor del auto:
—Gra… cias… Es… pe… ranza.
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