LA HIJA DEL MILLONARIO ERA MUDA… HASTA QUE UNA NIÑA LE DIO AGUA Y OCURRIÓ LO IMPOSIBLE: El oscuro secreto detrás del silencio de Isabela y cómo un encuentro fortuito en un semáforo de la Ciudad de México desenterró una verdad que pondrá tu mundo de cabeza. ¡Una historia de traición, milagros y justicia!

Diego sintió que el mundo estallaba en mil pedazos de luz. ¿Había escuchado bien? ¿Su hija, la niña que el dinero no pudo hacer hablar, acababa de pronunciar el nombre de una vendedora ambulante? El claxon de los autos detrás de él lo obligó a avanzar, pero su mente se quedó en ese semáforo.

Esa noche, la mansión en Las Lomas se sentía más grande y fría que nunca. Victoria, la esposa de Diego, regresó de su club social con la elegancia gélida que la caracterizaba. Cuando Diego, con las lágrimas aún frescas, le contó lo sucedido, la reacción de Victoria no fue de alegría. Fue de pánico.

—¿Una niña de la calle? —preguntó Victoria, dejando caer su bolso de marca—. Diego, no puedes permitir que Isabela se junte con esa gente. Quién sabe qué enfermedades tengan. Además, fue una coincidencia. Los medicamentos finalmente están haciendo efecto.

Pero Diego sabía que no era el medicamento. Durante los días siguientes, regresó al mismo crucero. Llevó a Isabela con él. Y cada vez que Esperanza aparecía, Isabela hablaba más. “Hola”, “Tengo calor”, “Juguemos”. La voz de la niña estaba regresando, pero con ella, también estaba regresando una sombra que Diego no quería ver.

Un sábado, mientras Isabela jugaba con Esperanza en un parque cercano (bajo la estricta y secreta vigilancia de Diego), Isabela soltó una frase que le heló la sangre a su padre: —Mami me da las gotas amargas para que mi voz descanse. Pero yo no quiero que descanse más, Esperanza.

¿Gotas amargas? Diego no sabía de ninguna gota. El tratamiento de Isabela eran tabletas supervisadas por él. Esa misma noche, Diego revisó el tocador de Victoria. Escondido detrás de una fila de perfumes caros, encontró un frasco pequeño, sin etiqueta, con un líquido turbio.

Su instinto de empresario, ese que le permitía oler un fraude a kilómetros, se encendió. Llevó el frasco a un laboratorio privado de un amigo. Veinticuatro horas después, recibió la llamada: —Diego, esto es escopolamina mezclada con un sedante fuerte. En dosis bajas, mantiene a una persona sumisa, callada y afecta la memoria a corto plazo. ¿De dónde sacaste esto?

El suelo desapareció bajo los pies de Diego. Victoria estaba drogando a su propia hija para mantenerla muda. Pero, ¿por qué? ¿Qué podía saber una niña de seis años que fuera tan peligroso para una mujer que lo tenía todo?

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