La respuesta llegó de la mano de Esperanza. Un día, la niña de la calle le entregó a Diego un sobre viejo. —Mi abuela me dijo que le diera esto, patrón. Ella trabajaba en su casa hace años, antes de que yo naciera. Dice que es hora de que la verdad salga a la luz porque la princesita ya tiene voz para defenderse.
Dentro del sobre había una fotografía vieja y una carta de un hospital de provincia. La fotografía mostraba a Diego con una mujer de sonrisa dulce, una antigua secretaria llamada Catalina que había desaparecido misteriosamente poco antes de que Diego se casara con Victoria. La carta del hospital confirmaba un nacimiento: Isabela no era hija de Victoria. Era la hija de Catalina.
Diego sintió que la bilis le subía a la garganta. Todo su matrimonio había sido una construcción de mentiras. Victoria, incapaz de tener hijos y ambiciosa por la fortuna Mendoza, había aprovechado la muerte accidental de Catalina (o lo que ella dijo que fue un accidente) para reclamar a la bebé como suya, manteniéndola drogada para que los fragmentos de memoria de su verdadera madre nunca salieran a la superficie.
Esa tarde, la confrontación fue digna de una tragedia griega. Victoria, al verse descubierta, no mostró remordimiento, sino una furia ciega. —¡Lo hice por nosotros, Diego! ¡Para darte la familia que querías! —gritaba, mientras la policía, llamada discretamente por Diego, rodeaba la mansión.
Pero ya no había vuelta atrás. Las esposas se cerraron sobre las muñecas de seda de Victoria. Isabela, desde lo alto de las escaleras, tomada de la mano de Esperanza, quien había sido llevada allí por Diego, miró a la mujer que la había oprimido y dijo con una claridad asombrosa: —Ya no tengo miedo, Victoria. Mi voz es mía.
Hoy, la mansión de Las Lomas es un lugar diferente. Ya no hay gotas amargas, solo el aroma de las rosas que Isabela y Esperanza plantaron juntas. Diego no solo adoptó legalmente a su hija tras limpiar el nombre de Catalina, sino que se convirtió en el protector de Esperanza y su abuela, asegurándose de que la niña que le dio agua a su hija nunca volviera a pasar sed ni necesidad.
La Ciudad de México sigue teniendo soles implacables y tráficos infernales, pero para Diego Mendoza, cada vez que pasa por ese semáforo en Reforma, ya no ve un obstáculo. Ve el lugar donde una pequeña bolsa de agua de cinco pesos compró el milagro más grande de su vida: la libertad de su hija. Porque a veces, el destino no se escribe en contratos millonarios, sino en el gesto sencillo de una mano que ofrece ayuda cuando el mundo parece haberse quedado en silencio.
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