PARTE I — El imperio y el silencio
Henry Whitaker siempre había creído que el mundo podía doblarse a la voluntad de un hombre que entendiera correctamente sus presiones. La presión —lo sabía— era predecible. El dinero la amplificaba, la desplazaba, la neutralizaba. La estrategia la controlaba. La precisión la empuñaba.
Había construido Whitaker Global sobre esos principios: datos, dominio y disciplina. Desde el piso cuarenta y siete de su sede en Manhattan, armaba acuerdos que moldeaban industrias, dirigían mercados y reescribían el futuro de personas cuyos nombres ni siquiera necesitaba aprender. Influía en gobiernos, susurraba en salas de juntas y movía hilos con tanta sutileza que los hombres tres niveles por debajo de él creían que las decisiones habían sido suyas.
Era el hombre al que otros llamaban imparable.
Pero nada de eso —ni una fracción— importaba en el dormitorio al fondo de la mansión Whitaker, donde su hija de siete años vivía dentro de un silencio tan profundo que incluso a él lo humillaba.
A veces se quedaba de pie en el umbral, tarde por la noche, después de haber conquistado otra batalla corporativa, y observaba a Eva dormir bajo su lamparita de noche con proyector de luna. Parecía un retrato de otra época: pequeña, delicada, fantasmal en su quietud.
Nunca había hablado.
Ni una sola vez.
Ni una palabra en siete años.
Ni “Papá”.
Ni “Mamá”.
Ni “No”, ni “Sí”, ni nada.
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