Otra palabra.
La tercera.
Malik parpadeó. —¿Tú… quieres que me coma esto?
Eva asintió, y sus rizos brincaron.
Así que Malik—despacio, nervioso—tomó un tenedor y probó un pedazo de brioche.
Se le abrieron los ojos.
—Ok, eso está… bueno. Está buenísimo.
Eva sonrió y mordió su pedacito.
Henry los miró, con el pecho doliéndole.
Había gastado millones intentando asaltar la fortaleza de la mente de su hija.
Ese chico la había cruzado en minutos.
🧩 Avance terapéutico
Para la segunda semana, Henry arregló que la doctora Miriam Strauss observara las sesiones de Eva con Malik presente.
Strauss era la psiquiatra infantil más solicitada de Suiza—famosa por resolver casos que desafiaban la lógica. Tenía el cabello gris recogido en un moño trenzado apretado, unos ojos que no se perdían nada, y un acento que hacía que cada frase sonara como un veredicto.
Henry la había traído en jet privado más veces que a algunos diplomáticos.
Ahora estaba detrás del espejo, en el cuarto de terapia de Eva, observando a Eva y Malik jugar con bloques de madera.
—Di “verde” —coaxó Malik con suavidad, alzando un bloque.
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