La hija del multimillonario no ha hablado desde que nació… hasta que el pobre chico negro hizo lo impensable…

Los mejores especialistas del mundo habían intentado explicarlo:
mutismo selectivo,
supresión neurológica,
trauma prenatal,
disociación del lenguaje,
anomalías en el procesamiento auditivo,
desapego en la primera infancia.

Cada diagnóstico contradecía al anterior.

Henry compró máquinas que pitaban y parpadeaban como consolas de una nave espacial. Hizo venir expertos cuyas tarifas podían comprar casas. Pagó terapias de vanguardia que obligaban a equipos médicos completos a firmar acuerdos de confidencialidad por miedo a que sus métodos se filtraran al dominio público.

Nada la alcanzaba.

Eva deambulaba por la mansión en silencio, una pequeña brizna de niña con rizos como oro hilado y unos ojos demasiado grandes para su rostro—ojos que siempre guardaban una tristeza inalcanzable.

La mansión —cinco acres impecables de piedra caliza, vidrio y perfección curada— se sentía como una catedral construida para adorar un vacío.

Hasta las niñeras susurraban.
Hasta las empleadas caminaban despacio.
Hasta el jardinero recortaba los setos casi en silencio, como si temiera perturbar el mundo interior de Eva.

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