La hija del multimillonario no ha hablado desde que nació… hasta que el pobre chico negro hizo lo impensable…

Henry intentó fingir que lo aceptaba.

Se dijo que no necesitaba sus palabras.
Se dijo que ella lo amaba a su manera.
Se dijo que el silencio era mejor que el sufrimiento.

Pero la verdad era esta:

Henry Whitaker habría cambiado todo su imperio por una sola sílaba de sus labios.

Y temía que quizá ella no tuviera sílabas que dar.

☀️ El jueves que debió ser ordinario
El día en que todo cambió empezó como cualquier otro.

Henry estaba detrás de su escritorio —uno de caoba importado de una fortaleza checa— revisando un informe trimestral de ganancias y reconfigurando mentalmente un cuello de botella en la cadena de suministro en Singapur mientras su bocina Bluetooth soltaba comentarios del mercado de fondo.

Su asistente tocó una vez.

—Su reunión con la delegación danesa se movió a las dos —anunció.

—Acepta —dijo Henry sin levantar la vista.

—El doctor Haversham, de Ginebra, llamó para confirmar—

—Regrésalo para la próxima semana.

—Y su chofer dijo—

—Reagenda.

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