Vivía tres minutos por delante de cada conversación, cada decisión, cada contingencia. No tenía tiempo para distracciones, ni siquiera para su propio aliento.
Por eso, cuando la alarma de seguridad sonó en su teléfono—
Movimiento detectado — Patio trasero—
no le dedicó más de medio segundo.
Seguramente un mapache.
O un repartidor que tomó la desviación equivocada.
O uno de los jardineros moviendo equipo.
La seguridad Whitaker no fallaba.
Nunca fallaba.
Tocó la alerta para descartarla…
…pero el feed en vivo se abrió de todos modos.
Y la pluma se le resbaló de la mano.
📹 La imagen imposible
Eva estaba sentada en los escalones traseros.
No era raro: a menudo se paseaba.
Pero no estaba sola.
A su lado —demasiado cerca, peligrosamente cerca— estaba sentado un adolescente que Henry jamás había visto.
Tal vez quince o dieciséis.
Negro.
Alto, delgado, ropa gastada y rota en la rodilla, una mochila colgándole de un hombro.
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