Un chico que no pertenecía ni de cerca a la propiedad Whitaker.
Un chico que debió haber activado seguridad armada treinta segundos antes de siquiera acercarse a Eva.
Un chico que parecía venir de un mundo sin pisos de mármol, sin rejas privadas, sin cerraduras biométricas.
El corazón de Henry se estrelló contra sus costillas.
Estiró la mano hacia el botón de pánico bajo el escritorio—
el que convocaba a seis guardias privados en noventa segundos—
pero entonces pasó algo en la pantalla que le congeló la mano en el aire.
Eva sonrió.
No una sonrisa educada. No un reflejo.
Sino algo brillante, cálido, vivo.
La había visto sonreír antes, pero nunca así. Nunca una genuina. Nunca una que le llegara a los ojos y le encendiera el rostro de una forma que parecía casi… libertad.
El chico dijo algo y se rio, con los hombros temblándole.
Eva lo miró, con la cabeza inclinada, curiosa.
Como si confiara en él.
Como si lo entendiera.
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