Cayó de rodillas.
Y Henry Whitaker—el hombre al que los periódicos llamaban invencible—sollozó como si hubiera estado esperando siete años el permiso para sentir cualquier cosa.
Eva estiró la mano y le tocó la mejilla.
Un gesto simple.
Pero para él, era el mundo rehaciéndose.
Tras un largo instante, Henry alzó la vista hacia el chico.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, todavía con la voz temblorosa.
—Malik —dijo el chico en voz baja—. Malik Turner.
Henry asintió despacio, como si clavara ese nombre en los cimientos de la tierra.
—Malik —dijo—, no tienes idea de lo que acabas de hacer.
Malik negó con la cabeza. —No hice nada, señor. Solo le hablé.
—No —susurró Henry—. La alcanzaste.
Y ese fue el momento—ese instante—en que la vida, el legado, los valores y toda la visión del mundo de Henry Whitaker se desplazaron.
Porque la niña que amaba más que nada había hablado…
…y el chico que le abrió la voz venía de un mundo que Henry había pasado la vida entera ignorando.
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