Hablaba mientras doblaba la ropa.
Cantaba bajito mientras cocinaba.
Leía cuentos a alguien que nunca respondía.
Nunca la obligó a tocarla.
Nunca exigió avances.
Un día, agotada, se sentó junto a la niña… y lloró en silencio.
Entonces ocurrió.
Una pequeña mano se extendió.
El elefante de peluche fue empujado hacia ella.
Conexión.
Desde ahí, todo creció lentamente:
miradas, juegos suaves, risas frágiles pero reales.
Pero el duelo no suelta fácil.
Cuando María empezó a hacer ejercicios terapéuticos seguros, el padre lo vio como una amenaza.
El miedo se volvió enojo.
El enojo, autoridad.
—Tú solo eres la muchacha —le dijo.
Y así, fue despedida.
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