Al llegar al edificio familiar, notó que la pintura de la fachada estaba más descascarada de lo que recordaba, pero eso no importaba. Subió las escaleras de dos en dos, ignorando el cansancio del viaje. Al llegar a la puerta, respiró hondo, acomodó su cabello y tocó el timbre. Esperaba escuchar los pasos lentos y arrastrados de su madre. En su lugar, escuchó el taconeo firme y rápido de alguien más joven.
La puerta se abrió y allí estaba Patricia, su hermana menor. Patricia, que siempre había sido la más pragmática, la más fría, la que miraba la vida con una calculadora en la mano. Llevaba ropa nueva, el cabello impecable y una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—¡Elena! —exclamó Patricia, abriendo los brazos en un gesto ensayado—. ¡Por fin llegaste! No te esperábamos hasta la noche.
Elena se dejó abrazar, aunque sintió el cuerpo de su hermana rígido, como si fuera un maniquí de escaparate. Al separarse, Elena miró por encima del hombro de Patricia, buscando ansiosamente hacia el interior de la casa. La sala estaba cambiada; había muebles nuevos, un televisor enorme que no existía cuando ella se fue, y un silencio extraño. Faltaban los cuadros de santos de su madre, faltaban sus tapetes de crochet.
—¿Y mamá? —preguntó Elena, con la voz temblorosa por la emoción contenida—. ¿Dónde está? Quiero darle una sorpresa.
Patricia ni siquiera parpadeó. Su rostro se mantuvo sereno, casi aburrido, mientras se cruzaba de brazos y se apoyaba en el marco de la puerta.
—Ah, mamá… —dijo, alargando las vocales—. Se fue hace unos meses. Ya sabes cómo es ella, siempre inquieta. Se fue a vivir al campo, con las primas lejanas, esas del pueblo del sur. Dijo que quería aire puro, que la ciudad la estaba asfixiando. No te preocupes, está feliz allá, rodeada de gallinas y naturaleza.
Elena sintió un pinchazo de decepción. Había soñado con ese momento durante mil días y ahora su madre no estaba.
—¿Al campo? —repitió Elena, confundida—. Pero si mamá odia el campo. Siempre decía que los insectos la volvían loca y que necesitaba el ruido de la calle para dormir. Además, ¿por qué no me dijo nada cuando hablamos por teléfono?
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