—No quería preocuparte, Elena —interrumpió Patricia rápidamente, con un tono condescendiente—. Estabas tan ocupada trabajando, mandando dinero… Ella no quería ser una carga ni distraerte. Además, ya está mayor, a veces se le olvidan las cosas o cambia de opinión de un día para otro. Lo mejor es que descanses. Mañana la llamamos.
Elena asintió, pero algo dentro de ella se cerró de golpe. Entró en la casa y, mientras Patricia le mostraba las “mejoras” que había hecho en el apartamento (mejoras pagadas, sin duda, con el dinero que Elena enviaba religiosamente mes a mes), una sensación de irrealidad la invadió. Su antigua habitación ahora era un despacho para Patricia. “Tuve que usar el espacio”, se justificó su hermana.
Esa noche, Elena se acostó en el sofá de la sala, incapaz de dormir. La casa olía a limpio, a desinfectante químico, pero no olía a mamá. No había rastro de su presencia. No estaban sus medicinas en la mesita, ni sus pantuflas gastadas bajo el sillón. Era como si Doña Carmen hubiera sido borrada de la existencia. Elena miró el techo oscuro y una inquietud fría, como una mano helada, le apretó el estómago. “Se fue al campo”, resonaba la voz de Patricia en su cabeza. Pero el instinto, esa conexión visceral que existe entre una hija y su madre, le gritaba que era mentira. El silencio de la casa no era paz; era un grito ahogado, un presagio de que algo terrible, algo imperdonable, había sucedido mientras ella estaba lejos intentando salvarlas a todas.
Al día siguiente, la inquietud se transformó en una obsesión. Elena intentó llamar a las famosas “primas del sur”, pero los números que tenía ya no existían. Patricia, al ser interrogada de nuevo, se mostró evasiva, casi molesta, alegando que había perdido el número nuevo y que mamá llamaría cuando pudiera. “Deja de ser tan dramática, Elena”, le espetó antes de salir a trabajar.
Elena no pudo quedarse quieta. Salió a la calle. Necesitaba caminar, necesitaba que la ciudad le hablara. Recorrió el barrio, saludando a los vecinos de toda la vida. Muchos la miraban con una mezcla de sorpresa y lástima que ella no lograba descifrar.
—¡Elena, mija, volviste! —le dijo Don Manuel, el dueño de la panadería de la esquina. Pero cuando Elena preguntó por su madre, el anciano bajó la mirada, nervioso.
—Eh… sí, hace tiempo que no veo a Doña Carmen. Patricia dijo que se había ido de viaje… sí, eso dijo.
Nadie le decía la verdad, pero todos parecían saber algo que ella ignoraba. La ciudad, que ayer le parecía acogedora, hoy se sentía hostil, llena de secretos en cada esquina. Sus pasos, guiados por una fuerza invisible, la llevaron más allá de su barrio, hacia el centro, hacia el mercado antiguo donde su madre solía ir a regatear los precios de las verduras.
Caminó durante horas. El sol del mediodía quemaba, pero ella sentía frío. Sus recuerdos se superponían con la realidad: aquí compraba mamá las flores, allá compraba el pan. Pero la realidad era más cruda. Había más indigencia en las calles, más rostros desesperados.
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