La hija que volvió del extranjero buscando a su madre… y lo que descubrió la DESTROZÓ

De repente, al pasar cerca de un callejón trasero, detrás de los contenedores de basura de un restaurante, algo detuvo su marcha. Fue un sonido, un leve quejido, o quizás fue el color de un trapo viejo que le resultó dolorosamente familiar. Se detuvo en seco. El callejón estaba oscuro, apestaba a comida podrida y orina. Su mente le decía “vete, no entres ahí”, pero su corazón la empujaba con violencia.

Dio un paso, luego otro. Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la penumbra. Y entonces, la vio.

La imagen fue tan brutal que Elena sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

Allí, sentada sobre cartones húmedos, rodeada de bolsas de basura abiertas, había una figura pequeña y encorvada. Llevaba ropas que alguna vez fueron de color claro, ahora teñidas de gris y mugre. Su cabello, antes siempre peinado en un rodete perfecto, caía en mechones enmarañados y sucios sobre su cara. La mujer rebuscaba con manos temblorosas dentro de una bolsa de desperdicios, sacando un trozo de pan mordido.

Elena sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Un grito se formó en su garganta, pero salió como un susurro roto, ahogado por el horror.

—¿Mamá?

La mujer del callejón se detuvo. Su cuerpo se tensó, como un animal asustado que espera un golpe. Giró la cabeza lentamente. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de sombras violáceas, y su piel estaba pegada a los huesos. Pero eran ellos. Eran los ojos que habían velado sus sueños, los ojos que la habían mirado con amor desde la cuna.

—¿Mamá? —repitió Elena, esta vez con un alarido de dolor que resonó en las paredes del callejón, rompiendo en llanto mientras corría hacia ella.

Doña Carmen intentó levantarse, intentó esconderse, cubriéndose la cara con las manos sucias, avergonzada, destrozada.

—No, no… no me mires —murmuró la anciana con voz rasposa, débil por el hambre y la sed—. No me mires, mi niña… no quiero que me veas así.

Elena no se detuvo. Se lanzó al suelo, sin importarle la suciedad, sin importarle el olor, y abrazó a su madre con una fuerza desesperada. Sintió los huesos frágiles de la mujer bajo la ropa raída, sintió cómo temblaba, cómo sollozaba.

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