—¡Mamá, soy yo! ¡Soy Elena! ¡Estoy aquí! —gritaba entre lágrimas, besando su frente, sus manos mugrientas, su cabello—. ¡Por Dios, mamá! ¿Qué te pasó? ¿Qué haces aquí?
La anciana se derrumbó en los brazos de su hija. El muro de vergüenza cayó y solo quedó el dolor puro. Lloraron juntas, un llanto que venía de las entrañas, un llanto de años de separación y de una injusticia que quemaba el alma.
Poco a poco, entre sollozos, la verdad salió a la luz. Y la verdad era mucho más cruel que cualquier pesadilla que Elena hubiera podido imaginar. No había viaje al campo. No había primas lejanas.
—Patricia… —susurró Doña Carmen, con la voz quebrada—. Patricia trajo a un hombre a vivir a la casa poco después de que te fueras. Me dijeron que yo estorbaba. Que tosía mucho de noche, que mis cosas ocupaban espacio, que el apartamento era pequeño… Me quitaron mi cuarto. Me hicieron dormir en el sofá. Y un día… un día simplemente me dijeron que ya no podía estar allí.
Elena escuchaba, petrificada, sintiendo cómo la sangre le hervía en las venas. Su propia hermana. La hermana a la que ella le enviaba dinero extra para que “cuidara a mamá”.
—Me sacó a la calle, hija —continuó la madre, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Me dijo que fuera a buscar un asilo, pero no tenía dinero. Me quitaron todo. Me quedé aquí, cerca del mercado, porque a veces la gente tira fruta que todavía se puede comer… Yo solo rezaba para que volvieras, pero tenía miedo de que, si me veías así, te avergonzarías de mí.
—¡Nunca! —gritó Elena, apretándola más fuerte—. ¡Nunca me avergonzaría de ti! Tú eres mi vida.
La furia de Elena era un incendio forestal, pero en ese momento, la prioridad era otra. Levantó a su madre con una delicadeza infinita. Se quitó su propia chaqueta y la envolvió alrededor de los hombros frágiles de Carmen.
—Vámonos de aquí, mamá. Ahora mismo.
No volvieron a la casa familiar. No todavía. Elena llevó a su madre al mejor hotel que encontró cerca. Pidió una habitación con bañera, con sábanas suaves, con servicio a la habitación. Ella misma bañó a su madre, frotando con suavidad la suciedad de meses, lavando su cabello con el champú más caro, llorando en silencio mientras veía las marcas que la calle había dejado en la piel de la mujer que le dio la vida.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
