Luego, la vistió con ropa limpia que compró de urgencia en una tienda cercana. Y entonces, recordó. Buscó en su maleta y sacó la caja dorada.
—Esto era para cuando llegara a casa —le dijo Elena, desenvolviendo el regalo—. Pero mi casa eres tú, mamá, estés donde estés.
Le puso el chal de cachemira lavanda sobre los hombros. El color suave iluminó el rostro cansado de Doña Carmen, devolviéndole, aunque fuera por un instante, la dignidad de reina que nunca debió perder. Su madre acarició la tela con incredulidad, como si fuera tejida con nubes.
—Es hermoso, hija. Es lo más hermoso que he tenido.
Los días siguientes fueron de reconstrucción. Elena alquiló un apartamento pequeño pero lleno de luz en otro barrio. Llevó a su madre al médico, le compró vitaminas, la alimentó con paciencia y amor. Poco a poco, el brillo volvió a los ojos de Carmen. Su risa, aunque tímida, empezó a escucharse de nuevo.
Pero quedaba una herida abierta: Patricia.
Elena quería venganza. Quería ir a la casa, gritar, demandar, hacer que su hermana pagara por cada noche que su madre durmió sobre cartones. La rabia la consumía por dentro. ¿Cómo alguien puede ser tan cruel con quien le dio la vida? ¿Cómo la codicia y el egoísmo pueden borrar el amor filial?
Sin embargo, una tarde, mientras tomaban té en el balcón del nuevo apartamento, Doña Carmen tomó la mano de Elena. Sus manos ya no temblaban tanto, y la suavidad había regresado a su piel gracias a las cremas que Elena le aplicaba cada noche.
—Veo la tormenta en tus ojos, Elena —dijo la madre con voz serena.
—No puedo perdonarla, mamá. No me pidas eso —respondió Elena con dureza—. Lo que te hizo no tiene nombre. Es un monstruo. Nos robó, te humilló, casi te mata.
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