Doña Carmen suspiró profundamente, mirando hacia el horizonte donde el sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja y violeta.
—El rencor es un veneno que uno se toma esperando que el otro se muera, hija. Si vives con ese odio, Patricia seguirá ganando, porque te habrá quitado también tu paz. Yo ya lloré todo lo que tenía que llorar. Ya sufrí. Pero estoy viva, y estoy contigo. Eso es lo único que importa.
—Pero ella tiene que pagar…
—La vida cobra todo, Elena. No necesitas ser tú el verdugo. Yo quiero vivir mis últimos años tranquila, sin juicios, sin guerras. El perdón no es para ella, es para mí. Es para soltar esa carga y poder disfrutar de este chal tan suave que me regalaste sin sentir que me pesa el alma.
Las palabras de su madre desarmaron a Elena. ¿Cómo podía tener un corazón tan grande? ¿Cómo podía caber tanta bondad en un cuerpo que había sido tan maltratado? Elena entendió entonces que la verdadera fortaleza no estaba en la venganza, sino en la capacidad de sanar y seguir adelante.
Meses después, la vida, como había predicho Doña Carmen, se encargó de poner las cosas en su lugar. Patricia, abandonada por el hombre por el cual había echado a su madre, y ahogada en deudas que no podía pagar sin el dinero de Elena, tocó fondo. Sola, en el apartamento vacío que ahora se sentía como una tumba, la culpa la alcanzó.
Un día, sonó el timbre del nuevo apartamento de Elena. Al abrir, encontró a Patricia. No era la mujer altiva del día de la llegada. Estaba demacrada, llorando, con la cabeza baja. No se atrevía ni a mirar a Elena a los ojos.
Elena sintió el impulso de cerrarle la puerta en la cara. Pero entonces sintió la mano de su madre en su hombro. Doña Carmen se adelantó.
Patricia cayó de rodillas al ver a su madre. Rompió en un llanto histérico, pidiendo perdón, balbuceando excusas que no justificaban nada, pero que evidenciaban su arrepentimiento y su miseria humana.
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