LA HUMILDE EMPLEADA LLEVA A SU HIJITA AL TRABAJO… Y EL GESTO DEL MILLONARIO DEJÓ A TODOS EN SHOCKS

Era un dibujo sencillo de palitos, pero lleno de ternura. Ella lo abrazó y le dijo que estaba bonito. En ese momento, Julieta apareció en la puerta. Escuchó todo. Caminó hacia Renata con esa sonrisa falsa y se agachó para verla de cerca. “Así que tú eres la famosa Renata.

” La niña la miró con desconfianza y se escondió un poco detrás de su mamá. Julieta rió. No seas tímida. A mí también me gusta dibujar. Aunque claro, a tu edad solo dibujaba casas de muñecas. No millonarios en columpios. Claudia la miró directo. Ya no pudo quedarse callada. Con permiso, voy a seguir trabajando. Y se llevó a su hija. El ambiente cambió. Se sentía denso, tenso. Julieta no era tonta. Sabía lo que estaba haciendo.

Estaba marcando territorio. No porque quisiera a Leonardo, sino porque no soportaba que alguien como Claudia, una mujer sencilla, sin apellido, sin fortuna, tuviera lugar en esa casa. Esa tarde Leonardo llegó de una reunión, entró por la puerta principal, saludó rápido y fue directo a su estudio. Julieta lo siguió. Claudia alcanzó a verlos entrar.

No escuchó todo lo que hablaron, pero las voces se alzaron. Marta también lo notó. Desde la cocina, ambas intentaban fingir que no pasaba nada, pero los gritos bajitos se escuchaban igual. Tú sabes lo que haces. En serio, ¿crees que esto va a terminar bien? No es tu vida, Julieta.

Daniela no estaría de acuerdo con esto, ni con esa mujer ni con esa niña aquí. Daniela está muerta y tú no eres ella. Silencio. Después, pasos rápidos. Julieta salió del estudio con el rostro tenso. No dijo adiós. Solo agarró su bolsa, cruzó la sala con la cabeza en alto y salió. La puerta se cerró con fuerza. Leonardo no volvió a salir, se quedó encerrado en su estudio todo el resto de la tarde.

Claudia no se atrevió a acercarse, no quería empeorar las cosas, solo abrazó más fuerte a Renata esa noche cuando terminaron de limpiar. Ya de regreso en su casa, Claudia intentó no pensar demasiado, pero era imposible. Julieta no había venido a visitar, había venido a poner límites, a marcar su lugar, a recordarle quién era ella y quién no era Claudia, pero algo dentro de ella se encendió. No era rabia, era dignidad.

Ella no estaba ahí para robar nada, solo trabajaba, cuidaba a su hija y agradecía cada pequeño gesto de cariño que había nacido sin forzarse. No tenía planes, ni estrategias, ni juegos. Solo tenía su vida, su historia, su dolor y ahora una pequeña esperanza de que no todo estuviera perdido. Esa noche, mientras Renata dormía, Claudia miró por la ventana del cuarto y pensó en todo.

En Julieta, en Leonardo, en ella misma. No sabía que venía después, pero sí sabía algo. Nadie iba a hacerla sentir menos por ser quién era. Era martes y aunque el clima estaba tranquilo, Claudia sentía dentro del pecho una especie de zumbido que no la dejaba en paz. Había pasado el fin de semana entero dándole vueltas a lo que había ocurrido con Julieta, la forma en que la miraba, los comentarios venenosos disfrazados de amabilidad y lo más grave, lo que le había dicho a Leonardo.

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