LA HUMILDE EMPLEADA LLEVA A SU HIJITA AL TRABAJO… Y EL GESTO DEL MILLONARIO DEJÓ A TODOS EN SHOCKS

Leonardo cerró la laptop y se quedó en silencio unos segundos antes de hablar. Sí, todo bien, ¿seguro? Sí, solo he estado pensando muchas cosas en poco tiempo. Claudia bajó la mirada. Entiendo. Leonardo la miró. Claudia, no quiero que pienses mal. No ha cambiado nada. Solo necesito espacio un poco. Ese espacio fue como una piedra en el pecho.

Claudia asintió tratando de no mostrar lo que sentía. Lo que usted diga. Buenas noches. Y salió. En el camino de regreso a casa. El silencio entre ella y Renata fue más largo que nunca. No hacía falta explicar nada. La niña lo sentía. Claudia miraba por la ventana del camión con los ojos brillosos y la mente revuelta.

Se sentía como si el piso se hubiera movido debajo de ella sin previo aviso. Esa noche, en la cama, abrazó a su hija más fuerte que de costumbre. No dijo nada, solo cerró los ojos y pensó que quizás lo de ellos solo fue un momento bonito, pero momentáneo, como un respiro entre tantas tormentas, una pausa nada más.

Pero muy en el fondo algo le decía que no era solo eso, que ese espacio no venía de él, que había algo más, alguien más, y que no iba a quedarse de brazos cruzados. Los días siguientes fueron duros. Claudia iba a trabajar con ese nudo en el estómago que no la dejaba tranquila.

Lo notaba en todo, en cómo Leonardo evitaba pasar cerca, en cómo ya no preguntaba por Renata, ni salía al jardín, ni se sentaba en el comedor a platicar como antes. Volvía a encerrarse en su despacho como en los primeros tiempos, solo que ahora dolía más porque ya sabían lo que era tenerlo cerca, reírse juntos, hablar como si no existiera ninguna diferencia entre sus mundos.

Y ahora todo eso estaba en pausa, o peor, en retroceso, Renata también lo sentía. Ya no jugaba con tanta emoción, no se acercaba a su rincón con la misma alegría. Preguntaba menos por Leonardo, pero su mirada siempre lo buscaba como si esperara verlo salir como antes, con un dibujo en la mano o una pregunta sobre Flores. Claudia le decía que estaba ocupado, que tenía mucho trabajo, pero en el fondo no sabía qué decirle.

No podía explicarle que tal vez estaban volviendo a ser invisibles hasta que un día todo reventó. Era miércoles y el clima estaba insoportable. Hacía calor, humedad y los nervios de Claudia no ayudaban.

Mientras limpiaba los marcos de las ventanas, Marta le comentó que Julieta había estado de nuevo por la noche, que no se quedó, pero sí hablaron largo rato. Claudia no dijo nada, solo siguió limpiando, pero por dentro hervía. Algo dentro de ella le decía que Julieta tenía que ver con ese cambio en Leonardo, que lo estaba presionando, manipulando o simplemente envenenando todo lo que apenas empezaba a nacer. Ese mismo día, Renata tropezó jugando y se raspó la rodilla.

Nada grave, pero lloró. Claudia corrió a auxiliarla y mientras la tenía sentada en una banca curándola con agua y una gasa, Leonardo apareció. Fue la primera vez que se acercó en días. se agachó junto a ellas, preguntó qué pasó. Renata lo miró como si no lo hubiera visto en semanas. Le dijo que se había caído porque la piedra no la vio.

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