Siguieron al médico por los fríos pasillos del hospital. Cuando la puerta se abrió, revelando el pequeño cuerpo de la bebé sobre una camilla cubierto por una fina sábana blanca, Antonio y Rosana avanzaron con pasos vacilantes. Rosana soltó un gemido contenido, incapaz de retener el dolor. Se acercó a la camilla inclinándose para tocar la pequeña manita de su hija. La sensación de su piel, ahora fría y rígida, trajo un shock helado a su alma. Era un contraste brutal con el calor que había sentido en el velorio, un recuerdo punzante del momento en que aún había una chispa de esperanza, una promesa de vida que don Aurelio había ayudado a revelar con sus gritos desesperados.
Antonio se inclinó sobre su hija con los labios temblando y dejó un beso en su frente. Fue un toque que mezclaba despedida y amor, un gesto simple, pero que cargaba todo su dolor y su duelo. Y una vez más, el salón de velorio tuvo que prepararse. Las velas encendidas proyectaban sombras temblorosas en las paredes, creando una atmósfera sombría y solemne. Don Aurelio estaba nuevamente en su rincón. Ahora con una silla traída especialmente por un vecino, observaba todo en silencio, como si comprendiera la irreversibilidad de esa vez.
Cuando el último familiar se despidió, el Padre elevó las manos sobre el ataúd e hizo la señal de la cruz, pidiendo a Dios que recibiera el alma pequeña de la niña. Después del entierro, los amigos y parientes comenzaron a dispersarse lentamente, dejando a la pareja sola junto a la tumba cubierta, rodeada de flores que exhalaban un aroma melancólico. Don Aurelio se quedó hasta el final. Cuando la tierra cubrió el ataúd, el viejo se quitó el sombrero de paja y lo apretó contra el pecho.
Sus labios temblaron. Y luego, con una voz que salió quebrada y llena de amor genuino, dijo por última vez, Clara Linda. Fue el adió más sencillo y el más devastador de todos. Necesitamos respuestas, Rosana”, dijo Antonio con voz baja, pero llena de una determinación que ella nunca había visto antes. “No podemos aceptar esto, no así.” Rosana asintió. “Algo dentro de mí no acepta lo que nos dijeron. Las explicaciones. Nada tiene sentido. Esta misma noche, aún exhaustos y emocionalmente destrozados, Antonio y Rosana decidieron que necesitaban ayuda.
Sabían que luchar por justicia requeriría más de lo que tenían, pues no contaban con recursos para contratar un buen abogado. Sin embargo, cuando la historia de la pequeña Clara comenzó a difundirse por la ciudad, provocando indignación y apoyo de toda la comunidad, un abogado de buen corazón y gran prestigio decidió representarlos de forma gratuita. “No puedo ignorar el dolor de ustedes”, dijo el abogado al encontrarse con la pareja. “Los ayudaré a buscar la verdad y la justicia.” Y es que hasta el señor Aurelio, ese viejo de la esquina, notó algo que los médicos no vieron.
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