Llegué almuerzo familiar con el corazón en la garganta. Apenas puse un pie dentro, mi yerno, con esa sonrisa burlona que siempre cargaba, gritó a todo pulmón. Atención todos, ya llegó la chacha apestosa. Sentí que la sangre se me subía a la cabeza, mi cara ardía y el corazón me latía a mil por hora. Todos los presentes voltearon a verme y soltaron la carcajada.
Humillada, di media vuelta para irme, pero mi hija me agarró del brazo con fuerza y me susurró algo al oído que lo cambió todo. Mañana todo cambia, mamá. Aguanta un poco más. Pero déjenme contarles cómo llegué a ese momento tan horrible. Soy Elena, tengo 58 años y esa mañana me había levantado a las 5, como siempre.
Mis rodillas protestaron al tocar el suelo frío. Había dormido mal, nerviosa por el almuerzo en casa de mi hija Sandra. Quería que todo fuera perfecto, demostrarles que todavía era útil, que no era una carga. Fui a la cocina y empecé a preparar el pastel de zanahoria que Sandra adoraba. Desde niña, gasté lo último de mi quincena en los ingredientes más frescos del mercado.
Leche entera, crema para batir, zanahorias recién sacadas de la tierra. No es pecana, nada de productos chafas. Quería que supiera amor. A recuerdos de cuando éramos solo nosotras dos contra el mundo, me arreglé lo mejor que pude con un vestido de flores que había planchado hasta quitarle la última arruga y recogí mi cabello, ya con bastantes canas, en un chongo.
Al mirarme al espejo, vi a una mujer cansada, con arrugas prematuras por una vida de trabajo duro, pero también vi dignidad. Tomé el pastel y salí. El trayecto a la casa de Sandra fue largo, dos camiones y varias cuadras bajo el solazo. Llegué a esa casona bonita en una zona fifí. Esa casa que yo ayudé a asegurar cuando les presté los ahorros de toda mi vida, casi 400,000 pesos para el enganche.
Nunca me los pagaron, pero no importaba, era para la felicidad de mi hija. Toqué la puerta y me abrió Ricardo, mi yerno. Desde el primer día supe que algo no cuadraba con él. Había una frialdad en sus ojos, una forma calculadora de mirarme, como si yo fuera basura. Pero Sandra lo amaba, así que me tragué mis dudas. Ese día él vestía impecable. Parecía un hombre exitoso.
Me barrió con la mirada con desprecio, arrugó la nariz como si oliera caño y soltó ese grito humillante sobre la chacha apestosa. El tiempo se detuvo. Las risas de los invitados, unas 20 personas entre parientes de Ricardo y amigos bien se me clavaron como agujas. Yo sabía que no olía mal. Me había bañado y puesto mi perfumito de rosas, pero en ese momento dudé de mí misma.
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