Quise llorar, pero me mordí el labio hasta sentir el sabor metálico de la sangre. No les daría ese gusto. Había pasado mi vida fregando pisos y baños ajenos para sacar adelante a mi hija después de que mi esposo, Jaime, murió de un infarto cuando yo tenía 40 años. Había sobrevivido a cosas peores que las palabras venenosas de un hombre pequeño y cruel.
iba a irme a recuperar la poca dignidad que me quedaba cuando sentí la mano de Sandra y escuché su susurro. No entendí que quería decir, pero algo en su tono, una rabia contenida, me hizo quedarme. Entré a la casa con el pastel temblando en mis manos. Sandra me llevó a la cocina lejos de las miradas. Mamá, sé que esto es horrible.
Sé que quieres irte, pero te pido que te quedes hoy. Solo hoy. Mañana todo va a ser diferente, te lo prometo, me dijo, con ojos brillantes, no de burla, sino de determinación. Me sirvió un vaso de agua y me dejó sola con mis pensamientos. Mientras estaba ahí, los recuerdos me golpearon. Recordé cuando enviudé y el mundo se me vino encima.
Sin estudios, solo sabía limpiar y cocinar. Me partí el lomo trabajando en casas ajenas de sol a sol para que a Sandra no le faltara nada. Mis manos se agrietaron por los químicos. Mi espalda se volvió un nudo de dolor permanente, pero aguanté. Aguanté para que ella tuviera un futuro. Logré pagar mi casita y pagarle la universidad.
El día de su graduación fue el más feliz de mi vida. Pensé que el sacrificio había valido la pena. Entonces conoció a Ricardo, un gerente de banco, guapo y educado por fuera, pero con esa frialdad interna. Se casaron y al año me pidieron mis ahorros para el enganche de su casa grande. Se los di sin dudar.
Pasaron 10 años, nunca me pagaron y poco a poco Ricardo me fue alejando. Me hacía sentir que yo estorbaba en esa casa que ayudé a comprar. Regresé al presente. El almuerzo transcurrió con una lentitud dolorosa. Yo estaba sentada en una esquina invisible para todos, excepto para Ricardo, que me lanzaba miradas de desprecio.
Cuando Sandra sirvió mi pastel, Ricardo soltó otro comentario hiriente. Uy, suegra, no se hubiera molestado. Seguro se gastó toda la pensión en esto. Y luego, al probarlo, hizo una mueca de asco y lo empujó. Demasiado dulce. Además, no me gusta comer cosas de cocinas que no conozco.Uno nunca sabe la higiene. Eso fue la gota que derramó el vaso.
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