La llamaron estéril, la humillaron en público y la rechazó hasta su propia familia. Pero cuando un guerrero apache llegó herido a su pueblo, nadie imaginó que él despertaría la vida que todos creían muerta en su vientre….

7 años habían pasado desde que Paloma y Aana desaparecieron en la madrugada, pero el eco de su historia había llegado hasta San Miguel del Valle, como susurros llevados por comerciantes y viajeros. Las noticias eran imposibles de creer. La mujer estéril había dado a luz no a uno, sino a cuatro hijos sanos con el guerrero Apache.

Don Fernando, ahora casado con una joven de 18 años que ya le había dado dos hijos, se obsesionó con estas historias. Su orgullo masculino no podía aceptar que la mujer que él había descartado por inútil hubiera encontrado la felicidad y la maternidad con otro hombre. Durante meses planificó una expedición para encontrar a Paloma, convencido de que podría reclamarla y demostrar que cualquier hijo que tuviera le pertenecía por derecho.

La expedición que organizó Fernando incluía 10 hombres armados y la bendición oficial del alcalde, quien veía una oportunidad de capturar a un apache fugitivo. Pero cuando finalmente encontraron el valle donde vivía la tribu de Aana, lo que vieron los dejó sin palabras.

Paloma emergió de un tipi decorado con símbolos de medicina, cargando en brazos a su hijo menor, mientras otros tres niños hermosos corrían a su alrededor. Su transformación era tan completa que Fernando tardó varios segundos en reconocerla. La mujer tímida y derrotada que había conocido se había convertido en una matrona radiante con piel bronceada por el sol del desierto y ojos que brillaban con una paz profunda que jamás había poseído en su vida anterior.

“Paloma”, murmuró Fernando desmontando de su caballo con movimientos rígidos. “He venido a llevarte a casa. Estos estos niños necesitan crecer en la civilización, no como salvajes. La risa que escapó de los labios de Paloma fue música pura, sin rastro de amargura o miedo. Fernando, esta es mi casa. Estos niños están creciendo con amor, sabiduría y libertad.

¿Qué más podría desear para ellos? Aana apareció junto a ella, ya no el prisionero encadenado de años atrás, sino un hombre libre en su propio territorio. Su presencia irradiaba una autoridad tranquila que hizo que varios de los hombres de Fernando instintivamente dieran un paso atrás. “Tu exesposa ya no te pertenece”, declaró Aana con voz calmada, pero firme.

Eligió libremente quedarse conmigo y yo elegí amarla como merece ser amada. Nuestros hijos son fruto de ese amor verdadero. Fernando miró a los cuatro niños que se aferraban a las faldas de su madre, sus rostros mestizos hermosos y sus ojos brillantes de curiosidad. La evidencia de la fertilidad de Paloma estaba frente a él, burlándose de todos los años que había pasado culpándola por su incapacidad de concebir. “Esto es imposible”, murmuró.

“Más para sí mismo que para los demás. Los doctores dijeron que era estéril. 5 años conmigo y nunca 5 años con un hombre que me veía como posesión rota. Lo interrumpió Paloma con dignidad serena. Mi cuerpo no estaba roto, Fernando. Simplemente estaba esperando al amor verdadero para despertar.

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