Cuando Paloma lo vio por primera vez, sintió como si el aire hubiera sido expulsado de sus pulmones. Aana era un hombre de 32 años, alto y de complexión atlética, que hablaba de años corriendo libre por las montañas. Su piel bronceada por el sol del desierto tenía cicatrices que contaban historias de batallas y supervivencia, pero era su rostro lo que la dejó sin palabras.
Facciones nobles enmarcadas por cabello negro que le llegaba hasta los hombros y unos ojos oscuros que parecían ver directamente a través del alma de quienes lo miraban. Pero lo que más la impactó no fue su apariencia física, sino la forma en que caminaba. A pesar de las cadenas, a pesar de estar rodeado de enemigos armados, Aana se movía como si fuera él quien tuviera el control de la situación.
No había rastro de derrota en su postura, ninguna señal de que su espíritu hubiera sido quebrado por la captura. Era como ver a un águila enjaulada que seguía siendo rey del cielo en su corazón. Este es su problema ahora, anunció el capitán Moreno mientras empujaba al prisionero hacia la pequeña casa de Paloma. tiene órdenes de mantenerlo vivo y domesticado.
Si causa problemas, si intenta escapar, si siquiera la mira mal, nos avisa inmediatamente. Sus palabras llevaban una amenaza apenas velada que hizo que la piel de paloma se erizara. Aana levantó la vista hacia ella por primera vez y cuando sus ojos se encontraron, Paloma sintió una descarga eléctrica que la recorrió de pies a cabeza. No era atracción, al menos no todavía.
Era algo más profundo y primitivo, el reconocimiento instantáneo entre dos almas que habían sido marcadas por el sufrimiento de maneras diferentes, pero igualmente profundas. ¿Esta es la mujer mexicana que va a civilizarme?, preguntó Aana en un español sorprendentemente claro, aunque teñido con un acento que hacía que cada palabra sonara como música extraña.
Su voz era grave, controlada, pero Paloma pudo detectar una nota de ironía que sugería que encontraba todo el arreglo tan absurdo como ella. El capitán desencadenó sus muñecas, pero dejó las cadenas en los tobillos. Puede moverse por la casa, pero no puede salir sin supervisión. Señora Herrera, espero que entienda la responsabilidad que ha aceptado. Este hombre es un guerrero peligroso.
No se deje engañar por ninguna muestra de docilidad. Cuando los soldados se marcharon, dejando una nube de polvo en su despertar, Paloma y Ayana se quedaron solos en el pequeño patio de la casa. El silencio se extendió entre ellos como un abismo que ninguno sabía cómo cruzar.
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