Paloma había esperado encontrarse con un salvaje que necesitara ser domesticado, pero en lugar de eso se encontró con un hombre de inteligencia aguda y conocimientos profundos que desafiaban todo lo que le habían enseñado sobre los indios primitivos. Ayana tenía heridas de la captura que necesitaban atención médica.
Una profunda cortada en el hombro izquierdo se había infectado durante el viaje y tenía moretones que sugerían que la captura había sido cualquier cosa menos pacífica. Cuando Paloma se ofreció a curarlo, él la miró con desconfianza. “¿Por qué quieres sanar a alguien que tu gente considera un enemigo?”, preguntó mientras ella preparaba agua caliente y vendas limpias.
“Porque el sufrimiento es sufrimiento, sin importar quién lo experimente”, respondió ella sin pensar. “¿Y por qué?” Porque ayudar a sanar es lo único que sé hacer bien. Aana se quedó inmóvil mientras ella limpiaba cuidadosamente la herida infectada. Sus manos eran suaves pero seguras y trabajaba con una concentración que habló de años de experiencia. Cuando aplicó una pomada que había hecho con hierbas locales, él hizo una observación que la sorprendió.
Esa mezcla está bien, pero le falta la corteza del sauce blanco para el dolor y raíz de Consuelda para acelerar la curación, comentó observando su trabajo. ¿Dónde aprendiste medicina herbal? Paloma levantó la vista sorprendida. Mi abuela me enseñó algunos remedios básicos, pero la mayoría lo aprendí de libros.
¿Cómo sabes tú sobre hierbas medicinales? Por primera vez, algo parecido a una sonrisa cruzó el rostro de Ayana. En mi tribu, los guerreros aprenden a sanar tanto como a luchar. Un hombre que puede salvar vidas es tan valioso como uno que puede tomarlas. Tu abuela era sabia para enseñarte, aunque los libros de los blancos solo cuentan la mitad de la historia.
Durante los días siguientes, mientras Paloma cuidaba de sus heridas, Aana comenzó a compartir conocimientos sobre plantas medicinales que no aparecían en ninguno de sus libros. Le habló sobre cómo la Artemisa podía calmar los dolores de mujer, cómo el té de hojas de frambuesa fortalecía el útero, cómo ciertas combinaciones de hierbas podían despertar fuerzas dormidas en el cuerpo femenino.
“¿Por qué me cuentas esto?”, preguntó Paloma una tarde mientras preparaban juntos una tintura según las instrucciones de él. “¿Podrías guardar tus secretos para ti mismo?” Aana se detuvo en su trabajo mirándola con una intensidad que la hizo sentir expuesta. “Porque veo en ti lo mismo que veo en la tierra después de una larga sequía”, dijo lentamente.
“Todo lo que necesitas para florecer está ahí, solo esperando la lluvia correcta.” Las palabras cayeron entre ellos como chispas en pasto seco. Paloma sintió algo despertar en su interior, algo que había estado dormido tanto tiempo que había olvidado que existía. No era solo atracción física, aunque eso también estaba presente, era el reconocimiento de que este hombre la veía de una manera que nadie más lo había hecho jamás, como una mujer completa con potencial no realizado, no como una mujer rota sin posibilidad de reparación. Pero con ese despertar llegó
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