también el miedo. Miedo de permitirse esperar otra vez. Miedo de abrir un corazón que había tardado años en proteger. Miedo de lo que el pueblo diría si sospecharan que estaba desarrollando sentimientos por el prisionero Apache, que se suponía debía civilizar. Una noche, mientras Aana descansaba en el pequeño cuarto que ella había preparado para él, Paloma se quedó despierta mirando las estrellas desde su ventana. Por primera vez en años no se sentía completamente sola.
La presencia de este hombre misterioso y sabio había traído algo a su casa que no había tenido desde la infancia. Conversación inteligente, respeto mutuo y la sensación peligrosa de que tal vez, solo tal vez, su historia no había terminado con el divorcio y la humillación.
No sabía que en el cuarto contiguo Aana también estaba despierto, contemplando el mismo cielo estrellado y preguntándose cómo una mujer mexicana había logrado tocar algo en su corazón que creía habría muerto para siempre cuando perdió su libertad. Tampoco sabía que los dos estaban a punto de embarcarse en un viaje que los llevaría mucho más allá de las fronteras de lo que cualquiera de ellos había imaginado posible.
El encuentro entre la mujer considerada estéril y el guerrero cautivo había sido orquestado por otros como un acto de conveniencia práctica, pero se estaba transformando en algo que ninguno de los arquitectos de este arreglo había previsto. El comienzo de un amor que desafiaría todas las reglas de su mundo y despertaría milagros que cambiarían ambas vidas para siempre.
Las semanas que siguieron trajeron cambios sutiles pero profundos tanto a la pequeña casa como a los corazones de sus habitantes. Cada mañana Paloma despertaba con una sensación que había olvidado por completo. Expectativa. Por primera vez en años tenía algo que esperar más allá de los partos ocasionales y la soledad de sus noches. Ayana había comenzado a enseñarle secretos de la medicina apache que ningún libro occidental había documentado jamás.
El conocimiento de mi pueblo se pasa de corazón a corazón, no de papel a papel. Explicaba a Yana mientras le mostraba cómo preparar una infusión especial con raíces que había conseguido durante sus caminatas supervisadas por el pueblo. Los libros de los blancos hablan del cuerpo como si fuera una máquina rota que hay que reparar. Nosotros sabemos que el cuerpo es un río que a veces necesita que le quiten las piedras para volver a fluir.
Sus manos se rozaban constantemente mientras trabajaban juntos, preparando medicinas y organizando las hierbas que Paloma había ido recolectando bajo su guía. Cada contacto accidental enviaba ondas de electricidad a través de su piel, despertando sensaciones que había creído muertas para siempre.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
