No mejor, no peor, incierto. Pero por primera vez desde el accidente esa incertidumbre no la paralizaba. la invitaba a ponerse de pie, aunque todavía no supiera cómo. No fue una promesa, fue una frase que nadie se había atrevido a decirle, porque decirla implicaba hacerse responsable del resultado. La mañana llegó más temprano de lo habitual. Ella casi no había dormido, no por dolor físico, sino por algo más difícil de soportar, la idea de que quizá había aceptado demasiado pronto una versión incompleta de sí misma.
Cuando entró al taller, el mecánico ya estaba allí. No había preparado nada especial. Ninguna camilla, ningún equipo médico, ningún escenario que pareciera solemne, solo el mismo espacio de siempre, limpio, silencioso, honesto. “Hoy no vamos a forzar nada”, dijo él antes de que ella preguntara. “Y tampoco vamos a fingir que no pasa nada.” Ella asintió. Apretó los frenos de la silla con un gesto automático, casi defensivo. No quiero que esto sea un espectáculo dijo. Si va a fallar, prefiero que sea aquí sin testigos.
El mecánico la miró con respeto. Aquí no falla nadie, respondió. Aquí solo se prueba. Se acercó despacio. No tocó la silla. No tocó sus piernas. tocó el suelo. “Ve esto”, preguntó. “Es firme. No se va a mover.” Yo tampoco. Ella lo observó con atención. Había algo tranquilizador en su manera de hablar. No prometía seguridad absoluta. Prometía presencia. Antes de cualquier cosa, continuó. Necesito que me diga algo con total honestidad. Ella tragó saliva. “Dígame, cuando recuerda el accidente”, preguntó.
¿Recuerda el impacto o recuerda el miedo? La pregunta la desarmó. El miedo, respondió sin pensar. Recuerdo pensar que si me movía, algo peor podía pasar. El mecánico asintió. Ese miedo fue útil esa noche, dijo. Le salvó la vida. Pero el problema con los miedos útiles es que no saben cuándo retirarse. Se colocó frente a ella a la altura de los ojos. Usted no nació para estar en una silla dijo entonces con voz firme. Llegó a ella porque alguien decidió que era más seguro que usted dejara de intentarlo.
Ella sintió que el pecho se le cerraba. Eso no es justo dijo. Hicieron lo que pudieron. No digo que actuaran mal. respondió, “Digo que actuaron rápido y rápido no siempre es completo. El mecánico tomó una silla común y la colocó frente a ella a poca distancia. No le voy a pedir que se levante”, dijo. “le voy a pedir algo más difícil.” Ella lo miró desconfiada. “Ma, ¿qué?” “Que deje de pensar en caminar”, respondió. y empiece a pensar en sentir.
Se arrodilló frente a ella sin tocarla aún. Cierre los ojos dijo. No haga nada más. Ella obedeció. Dígame qué siente en las piernas, continuó. No lo que cree que debería sentir, lo que siente. Pasaron segundos largos. Ella frunció el ceño. Nada, dijo al principio. El mecánico no reaccionó. Siga pidió. Ella respiró hondo, volvió a intentar. Tal vez presión, dijo insegura, o calor. Eso ya es algo respondió él. No lo descarte. Ella abrió los ojos alterada. Los médicos dijeron que eso no significaba nada.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
