El cristal de la mansión Blackwood no era una protección; era una jaula.
Adrien Blackwood lo tenía todo. Tres mansiones. Jets privados. Un imperio con su apellido grabado en acero. Pero dentro de aquellas paredes de vidrio, la paz era la única mercancía que su fortuna no podía comprar.
Desde que su esposa murió hace dos años, Adrien había convertido su vida en un sistema. Silencio, seguridad y sospecha. Eran los tres pilares de su existencia. Su hijo Leo, de seis años, era el único latido que aún lo mantenía unido a la tierra. Pero ese latido se estaba volviendo errático.
Leo ya no reía. Se encogía ante los ruidos fuertes. Se escondía en las sombras de los pasillos. Y lo que más quemaba a Adrien: el niño se aferraba desesperadamente a Clara, la niñera que llevaba apenas tres meses en la casa.
Clara era una mujer de voz suave que venía de la nada. Vivía en una habitación alquilada en los suburbios, vestía ropa de segunda mano y enviaba cada céntimo a su madre enferma. Adrien la había contratado por conveniencia, no por caridad. Era barata. Tenía buenas referencias. Era invisible.
O al menos, debería haberlo sido.
—Leo no quiere cenar si ella no está —murmuró el ama de llaves una tarde, con veneno en la voz.
Adrien apretó la mandíbula. El éxito le había enseñado que el afecto siempre tiene un precio oculto. En su mundo, nadie daba nada gratis. Las sospechas empezaron a pudrir el aire.
—Pasa demasiado tiempo a solas con el niño —susurró una de las mucamas en la cocina. —La oigo llorar en la habitación de Leo por las noches —añadió un guardia de seguridad—. El otro día estaba de rodillas junto a la cama, susurrándole cosas.
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