Para Adrien, un hombre que confiaba más en los contratos que en las personas, aquello olía a manipulación. Lavado de cerebro. La idea de que una niñera pobre estuviera tomando el control emocional de su heredero encendió una furia fría en sus venas.
No confrontó a nadie. El control no se pide, se toma.
Mandó instalar cámaras ocultas. En las esquinas, detrás de las rejillas de ventilación, en el cuarto de juegos, en el pasillo. Cada ángulo de la vida de Clara y Leo estaba ahora bajo su microscopio digital. Quería pruebas. Quería confirmar que su cinismo era, en realidad, prudencia.
La primera noche, Adrien se encerró en su estudio. El whisky permanecía intacto sobre el escritorio de caoba. Frente a él, una pared de monitores brillaba con una luz espectral.
En la pantalla del dormitorio, Clara ayudaba a Leo a ponerse el pijama. Se arrodilló para estar a su altura. Adrien se inclinó hacia delante, con los ojos entrecerrados, buscando el gesto falso, la mirada de codicia.
Entonces, Leo empezó a llorar. Fue un llanto silencioso, de esos que rompen el alma porque no buscan atención, sino consuelo. Sus hombros pequeños temblaban.
Clara no se movió con prisa. No lo regañó por ser débil. Simplemente lo rodeó con sus brazos y lo apretó contra su pecho, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
—Extraño a mami —susurró el niño. El audio era nítido. Demasiado nítido.
El corazón de Adrien dio un vuelco violento. Vio a Clara cerrar los ojos con fuerza. Sus labios temblaron antes de responder.
—Yo también la extraño, pequeño —susurró ella.
Adrien se puso rígido. ¿Cómo se atreve?, pensó. Ella no la conoció. Pero Clara continuó, con la voz quebrada:
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